Escribe: Gustavo Billarruel
En el partido entre el Sport Lisboa e Benfica de Portugal y el Real Madrid Club de Fútbol de España, disputado en Lisboa por la ida de los playoffs de la UEFA Champions League 2025-2026, el foco no quedó únicamente en lo futbolístico.
Se trató de la serie eliminatoria que deben disputar los equipos ubicados fuera de los ocho primeros de la fase de liga y cuyo ganador obtiene el pase a los octavos de final del máximo certamen continental.
En ese escenario, el cruce entre Vinícius Júnior y Gianluca Prestianni volvió a colocar en el centro del debate una problemática que no es exclusiva de Europa: el racismo y la discriminación atraviesan al fútbol mundial.
La llave se define en partidos de ida y vuelta y completa el cuadro de dieciséis equipos que avanzan a octavos. En un contexto de máxima exposición internacional, cada gesto y cada palabra trascienden el resultado y se proyectan mucho más allá del estadio.
Según denunció el delantero brasileño, habría recibido un insulto de carácter racista en pleno encuentro. No existen imágenes concluyentes que confirmen la expresión, pero la acusación en sí misma reactiva una discusión que excede lo deportivo y obliga a una reflexión más profunda.
Lo ocurrido en Lisboa no puede leerse como un hecho aislado ni como una problemática solo del fútbol europeo. América Latina también ha sido escenario de episodios de discriminación racial en distintas competencias, y lo mismo sucede en otras regiones del mundo.
El fenómeno es global y responde a raíces culturales profundas que el deporte, lejos de generar, muchas veces expone.
Abordar estos episodios desde una perspectiva educativa implica ir más allá de la sanción inmediata. El deporte es un fenómeno social de enorme potencia simbólica.
Lo que sucede en el campo de juego impacta en millones de personas, modela comportamientos y legitima —o cuestiona— determinadas prácticas. Cada palabra pronunciada en ese contexto posee una dimensión ética que no puede minimizarse.
Hablar del cuerpo del otro no es una formulación abstracta. Supone reconocer al otro como sujeto de derechos, como identidad autónoma y como persona dotada de dignidad.
Cuando se utiliza una característica racial o identitaria para agredir, se reduce a la persona a un rasgo, negando su complejidad y su humanidad.
Esa deshumanización constituye el núcleo de toda práctica discriminatoria y una forma concreta de violencia simbólica, ya sea en Europa, en América o en cualquier otro continente.
En ese mismo clima de discusión pública, el exarquero paraguayo José Luis Chilavert cuestionó a Kylian Mbappé por defender a Vinícius y lo hizo con expresiones dirigidas a la vida privada y a la identidad de su pareja.
El señalamiento volvió a desplazar el debate hacia un terreno delicado: el respeto por la autodeterminación y la libertad individual. Cuando se descalifica a alguien por su identidad o por sus elecciones personales, el mecanismo es similar al de cualquier otra forma de discriminación: se intenta deslegitimar al otro a partir de una condición que pertenece a su esfera íntima.
Las campañas institucionales contra el racismo suelen apoyarse en consignas visibles, pero el desafío es estructural y global. La educación en valores, la formación ciudadana y la construcción de una cultura de respeto requieren coherencia sostenida en el tiempo.
No alcanza con reaccionar ante el hecho consumado; es necesario trabajar en prevención, promover el diálogo y consolidar una ética de la convivencia que asuma la diversidad como parte constitutiva de la sociedad.
Más allá de las eventuales decisiones disciplinarias, lo ocurrido en Lisboa ofrece una oportunidad para pensar qué mensajes se transmiten y qué modelo de convivencia se promueve en el fútbol y en la sociedad.
Si se aspira a una cultura más justa y respetuosa en cualquier rincón del mundo, el respeto no puede quedar reducido a una consigna. Debe convertirse en una práctica cotidiana, consciente y comprometida con un cambio real.

