El Mensajero
Opinión

Cuando el otro deja de ser un enemigo

Escribe: Gustavo Billaruel

Hay épocas en las que una sociedad parece mirarse al espejo y no reconocerse. Tiempos en los que el estruendo de las discusiones supera al pensamiento, la reacción reemplaza a la reflexión y el desacuerdo se transforma demasiado rápido en hostilidad. Vivimos en una de esas etapas.

El clima que nos rodea parece empujarnos hacia una lógica simple y brutal: elegir bandos, desconfiar del otro, responder antes de comprender. Se discute mucho, pero se escucha poco. Se acusa con facilidad, pero se reflexiona con escasez. Y en medio de esa vorágine, algo más profundo comienza a erosionarse: la idea misma de comunidad.

Tal vez el problema no sea solamente político ni cultural. Quizás tenga que ver con una transformación más silenciosa: el crecimiento de un individualismo que, poco a poco, fue desplazando al sentido de pertenencia. Ya no miramos tanto al conjunto, sino al propio reflejo. Nos preocupa más tener razón que comprender. Y a veces ni siquiera advertimos hasta qué punto esa actitud termina aislándonos.

La naturaleza humana, sin embargo, cuenta otra historia.

Nuestro propio cuerpo es una lección silenciosa de cooperación. Los pies avanzan juntos para sostener el equilibrio; las manos trabajan en conjunto para construir o sostener; los párpados se cierran coordinadamente para proteger la mirada; las hileras de dientes cumplen una función común sin competir entre sí. Ninguna de estas partes intenta imponerse sobre las otras. Cada una encuentra su sentido en relación con el todo.

La metáfora es tan evidente que resulta incómoda. Porque si el propio organismo funciona gracias a la cooperación, ¿por qué la vida social parece empeñada en la confrontación permanente?

Convertir al otro en enemigo es una tentación antigua, pero peligrosa. Cuando esa lógica se instala, el diálogo se vuelve sospechoso, la diferencia se interpreta como amenaza y la convivencia se deteriora lentamente. Lo que empieza como un desacuerdo termina muchas veces convertido en un muro.

Tal vez por eso conviene hacerse una pregunta incómoda, casi provocadora: ¿cuánto de esta realidad también nace en nuestras propias conductas cotidianas? No siempre el problema está únicamente en las grandes estructuras de poder o en los conflictos que dominan el escenario mundial.

A veces también se esconde en gestos más pequeños: la incapacidad de admitir un error, la rapidez con la que juzgamos, la facilidad con la que descartamos al que piensa distinto.

Mirar hacia afuera es sencillo. Mirar hacia adentro exige valentía.

Porque una sociedad no se fragmenta de un día para otro. Se fragmenta lentamente, cuando cada uno empieza a pensar que el otro es prescindible. Cuando el desacuerdo deja de ser una posibilidad de aprendizaje y pasa a convertirse en un motivo de desprecio.

Y sin embargo, la vida humana no fue diseñada para ese aislamiento hostil. Somos, en esencia, seres que necesitan de otros para existir, crecer y comprender el mundo. Ninguna persona se construye completamente sola, por más que el orgullo contemporáneo intente convencernos de lo contrario.

Tal vez la verdadera rebeldía en estos tiempos no consista en gritar más fuerte que los demás, sino en algo mucho más difícil: escuchar, comprender, disentir sin destruir. Defender las propias ideas sin convertir al otro en un adversario permanente.

Puede parecer un gesto pequeño. Pero en una época dominada por la confrontación permanente, recuperar la capacidad de convivir tal vez sea uno de los actos más audaces que una sociedad puede intentar.

 

Súmate a nuestro canal de WhatsApp

https://whatsapp.com/channel/0029VaHmbGaLI8YVRZZgwU1i

 

Te puede interesar