El Mensajero
Opinión

Cuando cerrar deja de ser un dato y se convierte en una herida

Escribe: Gustavo Billarruel 

Hay algo que no cierra. Y no es un juego de palabras. Nos dicen que el camino es este. Que hay que ajustar, que hay que liberar, que hay que dejar hacer.

Que el mercado ordena. Que el dolor es parte del proceso. Que después viene algo mejor, pero mientras tanto, lo que sí cierra —y de verdad— son las persianas.

Desde la asunción de Javier Milei, más de 22 mil empresas dejaron de existir en la Argentina. No es una interpretación, no es una sensación térmica: son datos que muestran un retroceso concreto del entramado productivo.

Y cuando una empresa cierra, no desaparece solo un número.

Se apaga una historia. Se corta una cadena. Se rompe una rutina.

Hay una idea instalada —cada vez más repetida— de que todo lo que no sobrevive es porque “no era eficiente”. Como si detrás de cada pyme no hubiera años de esfuerzo, familias enteras, barrios que se sostienen en ese movimiento cotidiano.

Lo que está pasando no es solo económico. Es humano.

Porque no estamos hablando de grandes corporaciones que ajustan balances. Estamos hablando, en su mayoría, de pequeñas y medianas empresas, las que sostienen el empleo real, las que no cotizan en bolsa pero sí en la vida diaria de millones.

Entonces aparece la pregunta incómoda ¿Dónde se ve esa recuperación de la que hablan?

Puede crecer un índice, puede mejorar un número macro, puede estabilizarse una variable. Pero si al mismo tiempo se pierden más de 300 mil puestos de trabajo y se achica el mundo del trabajo formal, lo que se agranda no es la economía: es la intemperie.

Hay un discurso que insiste en que todo esto es necesario. Que es el precio a pagar. Que el problema siempre fue el mismo: el Estado, el gasto, lo público.

Pero hay otra mirada posible.

Una que entiende que cada cierre no es una limpieza, sino una pérdida. Que el tejido productivo no se reemplaza con promesas. Que una industria que cae no se levanta de un día para el otro. Que el trabajo no es una variable más.

Y, sobre todo, que el desarrollo no puede ser una palabra vacía.

Porque si el crecimiento no llega a las fábricas, a los talleres, a los comercios, entonces no es crecimiento: es otra cosa.

Algo más frío. Más lejano. Más ajeno. Tal vez el problema no sea solo el modelo.

Tal vez el problema sea qué se decide mirar… y qué se decide no ver.

Porque mientras algunos celebran gráficos, hay lugares donde el silencio empieza a hacer ruido.

Y ese ruido —el de una persiana que no vuelve a levantarse— es mucho más que un dato. Es una señal.

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