El Mensajero
Internacionales

Cuando la guerra deja de sorprendernos

Por Gustavo Billarruel

Hay algo que debería preocuparnos tanto como las guerras que se libran en distintas partes del mundo: que cada vez nos sorprendan menos.

Una nueva amenaza. Un bombardeo. Un misil. Una frontera que vuelve a tensarse. Un gobierno que anuncia represalias. Una potencia que amenaza con intervenir. Y nosotros, del otro lado de una pantalla, seguimos avanzando con nuestras vidas después de leer la noticia.

Tal vez ahí esté uno de los problemas más profundos de este tiempo.

Nos estamos acostumbrando.

Mientras las grandes potencias hablan de seguridad, intereses estratégicos, territorios, alianzas y capacidad militar, hay personas que simplemente intentan sobrevivir. Familias que no saben si podrán volver a sus casas. Niños que aprenden demasiado temprano qué significa escuchar una explosión. Personas mayores que atraviesan una guerra sin entender por qué el mundo decidió una vez más que sus vidas podían quedar en medio de una disputa de poder.

Y detrás de cada cifra hay una historia que deja de aparecer cuando la convertimos solamente en estadística.

El mundo atraviesa una etapa particularmente peligrosa. La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán lleva meses sin encontrar una salida definitiva, mientras las tensiones continúan repercutiendo sobre la región y sobre la economía mundial. Ucrania sigue siendo otro de los grandes escenarios de confrontación y las amenazas entre Rusia y países europeos vuelven a elevar el riesgo de una escalada.

Pero quizás la pregunta más incómoda no sea solamente quién tiene razón en cada conflicto.

La pregunta es qué clase de mundo estamos construyendo.

Porque cuando la diplomacia pierde terreno frente a las amenazas, cuando las armas vuelven a ocupar el centro de las decisiones y cuando la palabra negociación parece demasiado débil frente al lenguaje de la fuerza, algo más que una guerra está en juego.

Está en juego la idea misma de que los conflictos pueden resolverse sin convertir a las sociedades en campos de batalla.

Las grandes potencias suelen hablar de paz después de hablar de armas. Prometen estabilidad mientras aumentan sus capacidades militares. Invocan el derecho internacional cuando les resulta conveniente y lo cuestionan cuando interfiere con sus intereses.

Y mientras tanto, la población civil queda atrapada en una lógica que no eligió.

Quizás por eso sea necesario recuperar una palabra que parece antigua, pero que todavía conserva toda su fuerza: humanidad.

No alcanza con contar cuántos misiles fueron lanzados. Hay que preguntarse cuántas vidas quedaron destruidas.

No alcanza con informar cuánto territorio ganó un ejército. Hay que mirar qué quedó de las familias que vivían allí.

No alcanza con analizar cuánto subió el petróleo o cómo reaccionaron los mercados. También hay que pensar qué significa ese aumento para quien ya no llega a fin de mes.

Porque las guerras nunca terminan solamente en los lugares donde caen las bombas.

Llegan a los alimentos, a la energía, a las migraciones, a las economías familiares y a la vida cotidiana de millones de personas.

Y llegan también a nuestra forma de mirar el mundo.

Ahí aparece otro peligro: la indiferencia.

Cuando una guerra se prolonga durante meses, las imágenes comienzan a repetirse. Las cifras dejan de conmovernos. Los nombres de las ciudades se vuelven conocidos. Y aquello que al principio parecía insoportable termina formando parte de la rutina informativa.

No debería ser así.

No deberíamos acostumbrarnos a ver personas huyendo de sus casas.

No deberíamos aceptar como normal que la muerte de civiles sea presentada como una consecuencia inevitable.

No deberíamos permitir que la palabra guerra termine perdiendo su capacidad de interpelarnos.

El problema no es solamente que el mundo tenga demasiados conflictos. El problema es que pareciera estar perdiendo, poco a poco, la capacidad de detenerlos.

Por eso, frente a un mundo que parece acostumbrarse a la guerra, todavía queda una responsabilidad que no debería delegarse: no acostumbrarnos nosotros.

Seguir preguntando.

Seguir cuestionando.

Seguir mirando más allá de los mapas, de los discursos presidenciales y de las estrategias militares.

Porque detrás de cada frontera hay personas.

Y detrás de cada guerra, mucho antes que una cuestión geopolítica, hay una tragedia humana.

Quizás recuperar esa mirada sea una de las pocas formas que todavía tenemos de no convertir la indiferencia en nuestra nueva normalidad.
[0:10, 28/8/2026] Gustavo Billaruel: 🌍 Cuando la guerra deja de sorprendernos

Hay algo que debería preocuparnos tanto como las guerras que se libran en distintas partes del mundo: que cada vez nos sorprendan menos.

Una nueva amenaza. Un bombardeo. Un misil. Una frontera que vuelve a tensarse. Un gobierno que anuncia represalias. Y, del otro lado de una pantalla, seguimos con nuestras vidas después de leer la noticia.

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