Por el periodista: Gustavo Billarruel
Las fiestas de fin de año ya no convocan multitudes como antes. Entre memorias que persisten y gestos que se transforman, vuelve una pregunta inevitable: qué pasó con esa Navidad que parecía capaz de reunir incluso lo que no encontraba lugar durante el año.
En muchas familias argentinas, la Navidad dejó de ser ese encuentro que desbordaba sillas prestadas, mesas improvisadas en el patio y conversaciones que corrían entre risas, discusiones viejas y reconciliaciones breves
Hubo un tiempo en que la fiesta parecía estirar los bordes de todo, como si alcanzara para que entraran quienes no se veían seguido, quienes siempre debían estar y quienes llegaban sin aviso porque la noche invitaba a quedarse.
En esas mesas largas podían sentarse muchísimas personas sin que nadie lo viviera como un exceso. Era parte del clima, un modo natural de estar juntos. Y en el centro, casi siempre, aparecía una figura que sostenía esa armonía familiar: la abuela. No hacía falta que fuera la más cariñosa ni la más diplomática. Su sola presencia ordenaba, calmaba, abría espacio. Su casa era un punto de encuentro donde incluso quienes cargaban distancias o enojos encontraban una tregua posible. Algo en ella habilitaba el gesto de acercarse, aunque fuera por una noche.
Muchos recuerdan los bailes interminables, esas madrugadas en las que el amanecer sorprendía a la familia todavía reunida, entre pasos desparejos, brindis rápidos y la sensación de que, aun con la vida enredada, ese instante alcanzaba para reparar lo que el año había desgastado. No era un acto de apariencia. Era un acuerdo silencioso: esa noche todos tenían un lugar.
Con el tiempo, las cosas cambiaron. Las mesas se hicieron más pequeñas, los grupos se reorganizaron y las invitaciones dejaron de funcionar como salvavidas para las distancias afectivas. Lo que antes parecía indispensable hoy es una decisión personal. En esa mudanza emocional aparece la pregunta de fondo: qué quedó de aquel espíritu festivo que parecía más fuerte que cualquier diferencia. ¿Desapareció por completo o adoptó otra forma?
Quizás la respuesta no esté en la nostalgia, sino en la memoria. La memoria pesa menos por lo que conserva que por lo que evitamos mirar. Cada familia guarda escenas pendientes, decisiones que dejaron huecos y palabras que nunca se dijeron. Eso no se esfuma porque nadie lo mencione. Se sienta a la mesa, ocupa un lugar y respira con nosotros aunque intentemos no verlo.
Aceptar esa parte de la historia no significa dramatizar. Es un gesto de honestidad. Cuando finalmente miramos de frente lo que ocurrió, sin justificaciones ni adornos, algo se acomoda por dentro. No soluciona todo ni sana de inmediato, pero afloja un nudo. Y ese pequeño alivio puede abrir la puerta a un modo diferente de reencontrarse.
Tal vez ahí aparezca la Navidad posible de hoy. No la multitudinaria ni la desbordada, sino una que se arma con lo que somos ahora, con vínculos que se reconstruyen a su tiempo, con gestos más simples y mesas más breves pero más conscientes. Porque el espíritu de las fiestas no se perdió. Cambió de forma. Y cada quien decide si quiere sostener la tradición de abrir un espacio, aunque sea mínimo, para volver a encontrarse.

