Hoy 17 de agosto celebramos el Día del Niño, una fecha que nos invita no solo a regalar juguetes, sino a reflexionar sobre la infancia que estamos construyendo. ¿Qué tipo de juego promovemos hoy? ¿Qué lugar queda para el encuentro, la mirada, la palabra?
A lo largo de la historia, los juguetes han evolucionado desde objetos sencillos como trompos, muñecas de trapo o autitos metálicos, hasta las complejas consolas y dispositivos inteligentes de la actualidad. Esta transformación refleja cambios sociales, tecnológicos y culturales, pero también plantea interrogantes sobre la forma en que nuestros niños se desarrollan y se relacionan.
Los juguetes de antes permitían inventar mundos, jugar en grupo, desarrollar la imaginación, la memoria y la empatía. Hoy, muchas veces, los juegos electrónicos promueven el aislamiento, el individualismo y una menor interacción cara a cara. ¿Estamos perdiendo el verdadero sentido del juego?
No es casual que en la mayoría de los hogares ambos padres trabajen y que los dispositivos digitales sean el «plan B» para entretener. Sin embargo, cuando el juego se vuelve solitario, se empobrece. La infancia no puede estar atada a una pantalla. El sistema nos empuja hacia la desconexión entre nosotros, y es ahí donde más debemos resistir.
El juego compartido, el jugar con otros, el mirar a los ojos, el equivocarse y volver a empezar, son parte del crecimiento. Equilibrar el acceso a la tecnología con juegos tradicionales es clave para un desarrollo integral. No se trata de renegar de lo nuevo, sino de recuperar lo valioso de lo antiguo.
En este Día del Niño, volvamos a jugar con ellos. Compartamos tiempo, memoria, presencia. No solo se trata de regalar juguetes, sino de regalar momentos. La infancia necesita más abrazos y menos notificaciones. Más juegos en ronda y menos pantallas. Más infancia real y menos virtual.
Porque jugar es también un acto de resistencia y de amor.

