Escribe: Gustavo Billarruel
Hay momentos en la vida democrática de un país en los que la discusión deja de ser ideológica. No se trata de derecha o de izquierda, de liberalismo o de estatismo. Se trata, simplemente, de sentido común.
Y lo que hoy ocurre en la Argentina obliga a mirar las cosas desde ese lugar.
Cuando un gobierno decide instalar un relato que no coincide con la vida cotidiana de la gente, la distancia entre el poder y la sociedad empieza a volverse peligrosa. No peligrosa por lo que se discute, sino por lo que se niega.
Desde el poder se repite que la gente no para de comprar, que los números muestran recuperación y que el consumo crece. Se habla de electrodomésticos, de indicadores y de estadísticas que supuestamente describen un país que vuelve a ponerse en marcha.
Pero mientras ese discurso circula por los micrófonos oficiales, millones de argentinos viven otra escena. La del que llega con lo justo a fin de mes. La del que ya no puede pagar una escuela privada y debe tomar decisiones dolorosas. La del profesional que, aun teniendo título y trabajo, necesita manejar un Uber por la noche para completar el ingreso.
También está la escena del comerciante que vende menos, del jubilado que cuenta monedas y de la familia que recorta gastos básicos para poder sostener lo esencial.
Esa es la Argentina real.
Por eso la pregunta no es ideológica. Es humana: ¿qué siente una persona cuando escucha que todo va bien mientras su economía doméstica se derrumba?
Ahí aparece el problema de fondo. No es solo la crisis económica. Argentina ha atravesado muchas. Lo verdaderamente grave es la sensación de que el poder habla desde un escenario completamente distinto al que habita la sociedad.
En ese escenario aparecen las descalificaciones a periodistas, las discusiones interminables en redes sociales y las frases provocadoras que buscan instalar agenda y alimentar el espectáculo político. Mientras tanto, los temas estructurales quedan en segundo plano.
Se habla mucho, pero se explica poco. Se provocan debates, pero se eluden preguntas.
Así se construye un personaje político que parece vivir de la confrontación permanente, como si gobernar fuera una extensión de la batalla cultural y no una responsabilidad institucional.
La política convertida en show.
Pero gobernar no es actuar para la tribuna. Gobernar es hacerse cargo de las consecuencias.
Cuando el presidente afirma que determinadas batallas económicas ya están ganadas, muchos argentinos miran su billetera y no encuentran esa victoria por ningún lado. Cuando se celebran indicadores macroeconómicos, miles de familias siguen preguntándose cómo pagar el alquiler o llenar el carrito del supermercado.
Esa distancia entre discurso y realidad es la que genera bronca.
No porque la sociedad espere milagros inmediatos. Los argentinos saben que los procesos económicos llevan tiempo. Lo que no toleran es el desprecio implícito que aparece cuando se les dice que todo mejora mientras ellos sienten que empeora.
El problema no es solo económico. También es político y moral.
Porque cuando el poder parece burlarse de las dificultades de la gente, se rompe algo más profundo que una discusión de números: se rompe la confianza.
Y cuando la confianza se rompe, la democracia se vuelve más frágil.
La Argentina necesita gobiernos que expliquen, que escuchen y que asuman errores cuando los hay. Necesita dirigentes que comprendan que detrás de cada indicador hay personas concretas, historias reales y familias enteras intentando sostener su vida cotidiana.
La política no puede convertirse en una competencia de provocaciones ni transformarse en una batalla de frases virales mientras la sociedad atraviesa dificultades cada vez más complejas.
La pregunta entonces vuelve a aparecer, inevitable.
¿Hasta cuándo se puede gobernar desde el relato mientras la realidad golpea la puerta todos los días?
Porque tarde o temprano la vida cotidiana termina imponiéndose sobre cualquier discurso. Y cuando eso ocurre, lo que queda expuesto no es solo una estrategia política fallida.
Queda al descubierto la distancia entre quienes gobiernan y quienes, simplemente, intentan vivir.
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