Por Gustavo Billarruel
¿Cómo se aprende a vivir cuando el dolor deja de ser un momento y pasa a formar parte de todos los días?
No tengo una respuesta. Y, si soy sincero, creo que nadie la tiene. Solo sé que cada mañana vuelvo a hacer el mismo intento: levantarme, poner un pie delante del otro y salir a vivir.
Convivo con un dolor físico que no elegí. Como tantas otras personas, un día descubrí que la vida también puede cambiar sin pedir permiso. Durante mucho tiempo me pregunté por qué me había tocado a mí. Con los años entendí que esa pregunta nunca alivió el dolor.
Entonces empecé a hacerme otra, mucho más difícil: ¿cómo quiero vivir con aquello que me toca?.
Todavía estoy aprendiendo.
Porque nadie nos enseña a convivir con el dolor. Nadie nos prepara para esos días en los que hasta las cosas más simples parecen enormes.
Nadie explica cómo seguir cuando el cuerpo pone límites, pero la vida sigue esperando que cumplamos con nuestras responsabilidades, con nuestro trabajo, con nuestros sueños y con las personas que amamos.
Hay días en los que llegar al final de la jornada ya es una victoria. Y eso también está bien.
Lo más difícil no siempre es el dolor. Lo más difícil es que nadie puede sentir exactamente lo que uno siente. Los demás pueden acompañar, escuchar, abrazar, tender una mano. Pueden hacer todo lo posible.
Pero hay un lugar donde el dolor sigue siendo profundamente personal. Un lugar al que solo entra quien lo vive.
A veces lloro para adentro.
No porque me avergüence. Tampoco porque quiera hacerme el fuerte. Lo hago porque no quiero que quienes amo sufran conmigo. Y, sin darme cuenta, alguna vez una respuesta fue más seca de lo que debía, un silencio sonó como distancia o un enojo terminó cayendo sobre alguien que no tenía ninguna culpa.
Si alguna vez fue así, solo puedo pedir perdón.
Porque el dolor explica muchas cosas, pero no puede convertirse en una excusa para dejar de cuidar a quienes siempre estuvieron a nuestro lado.
Y qué importante es esa gente.
La familia que sostiene sin invadir. Los amigos que permanecen cuando no hacen falta explicaciones. Esas personas que entienden que ayudar no siempre significa encontrar una solución. A veces alcanza con quedarse cerca. Con escuchar. Con hacer sentir que uno no está solo.
Con el tiempo entendí que la fortaleza no consiste en no caerse.
La verdadera fortaleza es volver a levantarse aun cuando uno no tiene todas las fuerzas. Es seguir trabajando. Seguir haciendo proyectos. Seguir creyendo que todavía vale la pena soñar. No porque el dolor desaparezca, sino porque la vida sigue teniendo sentido a pesar de él.
No escribo estas líneas porque me considere un ejemplo. Todo lo contrario. Me equivoco, me canso, me enojo y muchas veces siento que no puedo más.
Escribo porque imagino que, mientras alguien lee estas palabras, también está peleando una batalla silenciosa. Tal vez sea un dolor físico. Tal vez sea otro. Pero sé que existe.
A esa persona quisiera decirle algo muy sencillo. No estás solo.
Apoyarse en quienes nos quieren no es una muestra de debilidad. Pedir ayuda tampoco. Dejarse cuidar, aceptar un abrazo o agradecer una palabra de aliento también son formas de valentía.
Soy una persona de fe. Llevo a Dios conmigo todos los días. No porque tenga todas las respuestas, sino porque necesito creer que siempre hay una esperanza, incluso cuando el camino parece hacerse cuesta arriba.
Le agradezco por quienes caminan conmigo, le pido perdón por mis errores y trato, cada día, de ser una mejor persona. No siempre lo consigo. Pero nunca dejo de intentarlo.
No elegimos todo lo que nos toca vivir. Sí podemos elegir qué hacemos con aquello que nos toca.
Yo elijo seguir levantándome cada mañana. Elijo seguir trabajando. Elijo seguir abrazando a mi familia y agradeciendo a los amigos que permanecen. Elijo seguir soñando, aunque algunos días el cuerpo quiera convencerme de lo contrario.
No porque sea más fuerte que nadie. Sino porque, como tantas otras personas, todavía creo que siempre existe una razón para dar un paso más.
Quizás esa sea la mayor enseñanza que el dolor dejó en mi vida. No enseñarme a sufrir. Sino recordarme, cada día, cuánto vale seguir viviendo.
Y mientras pueda elegir, voy a procurar que el dolor camine a mi lado si así debe ser. Pero nunca voy a permitir que escriba mi historia.
Súmate a nuestro canal de WhatsApp
https://whatsapp.com/channel/0029VaHmbGaLI8YVRZZgwU1i

