Por Gustavo Billarruel
Cada 13 de junio, el Día del Escritor invita a volver sobre aquellas palabras que lograron atravesar el tiempo. Algunas nacieron en libros. Otras encontraron refugio en escenarios, canciones y caminos compartidos. Entre esas voces que lograron quedarse para siempre en la memoria colectiva también estuvo la de Carlos Alberto Solari.
Algunas veces una canción hace mucho más que sonar. Se queda.
Como una fotografía guardada en un cajón. Como una voz que vuelve de golpe cuando menos la esperamos. Como ese recuerdo que parecía dormido y un día regresa para recordarnos quiénes fuimos.
Quizás por eso hay despedidas que exceden a una persona. Porque no se llevan solamente una vida. También se llevan una época.
La muerte de Carlos Alberto Solari, conocida en los primeros días de junio, produjo algo difícil de describir. No solamente por la dimensión artística de su figura. Tampoco por la enorme influencia que ejerció sobre varias generaciones. La conmoción tuvo que ver con otra cosa.
Con la sensación de que se apagaba una de las últimas voces capaces de construir pertenencia desde la poesía. Durante décadas hubo personas que atravesaron el país para escuchar sus canciones. Llegaban desde las grandes ciudades y también desde pequeños pueblos del interior. Viajaban de noche. Juntaban dinero durante meses. Compartían mates, rutas y esperas interminables. Algunos partían con amigos. Otros viajaban junto a sus hijos. Y muchos regresaban con la sensación de haber vivido algo que iba mucho más allá de un recital.
Porque nunca se trató solamente de música. También estaba el pogo ricotero. Ese ritual colectivo que para quienes nunca lo vivieron resulta difícil de explicar. Allí donde desde afuera parecía existir únicamente el caos, muchas veces ocurría algo distinto.
Cuando alguien trastabillaba y el cuerpo comenzaba a caer, no tardaban en aparecer decenas de brazos para devolverlo a la multitud. Desconocidos que durante unos instantes se convertían en parte de una misma historia. Tal vez por eso el pogo nunca fue solamente un baile. También fue una forma de decir que nadie debía quedarse en el suelo.
Había algo más. Algo que resulta difícil de explicar incluso hoy. En aquellas multitudes convivían generaciones enteras. Pibes que recién descubrían una canción. Padres que llevaban años escuchándola. Madres que acompañaban. Abuelas que terminaban aprendiendo fragmentos de letras que jamás imaginaron cantar. Personas distintas encontrándose alrededor de una misma emoción.
Pocas expresiones culturales lograron semejante capacidad de atravesar edades, geografías e historias de vida. Tal vez porque detrás de aquellas canciones existía una mirada del mundo. Una forma de observar la realidad que nunca buscó acomodarse a las modas ni a las reglas del mercado.
Mientras gran parte de la industria cultural transitaba caminos previsibles, Solari eligió construir una obra propia. Un universo poblado de símbolos, metáforas e imágenes abiertas a múltiples interpretaciones.
No escribía para entregar respuestas. Escribía para abrir preguntas. Y esa es, precisamente, una de las características que comparten los grandes escritores. Por eso el Día del Escritor ofrece una oportunidad especial para mirar más allá del músico. Más allá del mito. Más allá del fenómeno popular. Porque antes que nada hubo un autor.
Un hombre que eligió la canción como territorio literario. Un observador atento de su tiempo. Un creador que supo convertir la poesía en un lenguaje accesible para millones de personas sin resignar profundidad ni misterio. Sus canciones jamás fueron simples canciones. Fueron refugio para algunos.Compañía para otros.
Preguntas para quienes se animaban a buscarlas. Y también una forma de resistencia frente a una época que muchas veces privilegia lo inmediato por sobre lo perdurable. Su rebeldía nunca pareció una pose.
Nació de una convicción.
La de sostener una voz propia aun cuando resultara más sencillo seguir el camino marcado por otros. Quizás allí resida una parte importante de su legado. No solamente en las canciones que escribió. Sino en la demostración de que todavía es posible construir una obra sincera, compleja y profundamente humana.Como ocurre con los grandes autores, sus palabras seguirán encontrando nuevos lectores.
Nuevas interpretaciones. Nuevas generaciones. Porque las obras verdaderamente vivas nunca permanecen quietas. Cambian con el tiempo. Dialogan con cada época. Encuentran sentidos inesperados. Y continúan acompañando a quienes las necesitan. Tal vez por eso resulte tan difícil hablar de despedida.
Porque algunas voces siguen habitando los lugares donde fueron felices. En una ruta compartida. En una conversación entre amigos. En una vieja bandera guardada después de un viaje. En una canción que vuelve cuando menos la esperamos. Y también en la memoria colectiva de un pueblo que encontró en sus palabras una forma de nombrar sus alegrías, sus dudas y sus heridas.
Este Día del Escritor también será una oportunidad para recordar a uno de esos autores que eligieron escribir desde los márgenes para llegar al centro de la vida de millones de personas.
Su voz se apagó. Su obra no. Porque hay escritores que publican libros. Y hay otros que consiguen algo todavía más difícil. Logran que sus palabras encuentren un lugar permanente en la memoria de la gente.

