El Mensajero
Sociedad

La tierra no se entrega: defender la soberanía también es defender quiénes somos

Por Gustavo Billarruel

Hay momentos en la historia de un país en los que una discusión parlamentaria deja de ser un simple trámite legislativo para convertirse en un debate sobre la identidad de una nación.

Eso ocurre hoy con las iniciativas que buscan flexibilizar los límites a la propiedad de tierras rurales por parte de capitales extranjeros. No estamos hablando únicamente de hectáreas.

Estamos hablando de soberanía, de memoria, de producción, de cultura y del derecho de las futuras generaciones a decidir sobre el destino de su propio territorio.

La tierra es mucho más que una mercancía. Es el lugar donde se produce el alimento que llega a nuestras mesas, donde nacen los pueblos, donde trabajan miles de familias y donde descansan siglos de historia.

También es agua, bosques, minerales, glaciares, biodiversidad y fronteras. Reducir semejante patrimonio a una simple operación comercial significa desconocer que existen bienes cuyo valor estratégico trasciende cualquier lógica de mercado.

Durante las últimas décadas, la Argentina atravesó distintos procesos de apertura económica impulsados por gobiernos de orientación neoliberal y, más recientemente, por una administración de perfil libertario.

En nombre de la modernización, la desregulación o la necesidad de atraer inversiones, reaparece la idea de que cada vez más bienes pueden quedar sometidos a la lógica del mercado. Sin embargo, cuando se trata de recursos estratégicos, la discusión no puede limitarse a una planilla de inversiones o a un cálculo financiero.

Lo que está en juego es la capacidad del país de decidir sobre aquello que constituye una parte esencial de su patrimonio.

Quienes defienden estos cambios sostienen que facilitarán el ingreso de capitales y promoverán el desarrollo. Es una posición legítima dentro del debate democrático. Pero también es legítimo preguntarse qué entendemos por desarrollo.

¿Puede hablarse de progreso cuando se debilitan las herramientas que permiten resguardar bienes estratégicos? ¿Qué crecimiento es posible si el control económico sobre recursos esenciales queda cada vez más lejos de las decisiones de los argentinos?

No se trata de levantar muros ni de rechazar toda inversión extranjera. La Argentina necesita producir, generar empleo y vincularse con el mundo. Pero una cosa es recibir inversiones bajo reglas claras y otra muy distinta es renunciar a la responsabilidad de proteger aquello que tiene un valor estratégico para el conjunto de la sociedad.

Ningún país serio construye su futuro resignando el control sobre sus recursos más valiosos.

La soberanía tampoco es una consigna vacía ni un discurso para las fechas patrias. Es la posibilidad concreta de decidir qué hacemos con nuestra tierra, con nuestra agua, con nuestros bosques y con nuestras riquezas naturales.

Es comprender que el territorio no pertenece solamente a quienes hoy lo habitan, sino también a quienes todavía no nacieron y tendrán derecho a heredarlo.

Cada generación recibe un país que no construyó completamente, pero tiene la obligación ética de transmitirlo mejor de lo que lo encontró. Esa responsabilidad exige mirar más allá de las urgencias económicas o de las coyunturas políticas.

Porque hay decisiones cuyos efectos permanecen durante décadas y, cuando se trata del patrimonio territorial, muchas veces resulta difícil, cuando no imposible, revertirlas.

La Argentina no necesita entregar su riqueza para crecer. Necesita inteligencia, planificación, producción, trabajo y una visión estratégica que coloque el interés nacional por encima de cualquier beneficio inmediato.

La verdadera fortaleza de un país no se mide por lo rápido que vende sus recursos, sino por la capacidad de administrarlos con responsabilidad, pensando siempre en el bien común.

Defender la tierra no es un gesto de nostalgia ni un acto de aislamiento. Es defender la historia de quienes la trabajaron, el presente de quienes viven de ella y el futuro de quienes algún día recibirán este país como herencia.

Porque la soberanía no se declama: se ejerce. Y una nación que renuncia a cuidar su territorio corre el riesgo de renunciar, lentamente, a una parte de sí misma.

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