Lejos de la imagen tradicional que asocia a la Iglesia con los sectores acomodados, en la Argentina existe desde hace décadas una corriente de sacerdotes que decidió instalarse en los márgenes sociales para acompañar a quienes viven en contextos de pobreza, violencia y exclusión.
Se trata de una experiencia pastoral que rompió con esquemas conservadores y puso el foco en la cercanía concreta con los más vulnerables.
El antecedente más visible fue el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, surgido a fines de los años sesenta, en sintonía con el Concilio Vaticano II y el impulso renovador que atravesó a América Latina.
Aquellos curas asumieron que el mensaje del Evangelio no podía permanecer ajeno a las desigualdades estructurales ni limitarse a una práctica religiosa desvinculada de la realidad social.
Entre sus referentes más recordados aparece el padre Carlos Mugica, asesinado en 1974. Su decisión de vivir en la Villa 31 y compartir la vida cotidiana de sus habitantes marcó un punto de inflexión.
No fue solo una opción pastoral, sino una definición pública: estar donde el Estado muchas veces no llegaba y donde la Iglesia era cuestionada por su cercanía histórica con el poder.
Con el paso de los años, esa línea de compromiso encontró continuidad en los llamados curas villeros, que mantienen presencia estable en barrios populares. Allí celebran misa, sostienen comedores, organizan espacios de contención y acompañan a familias atravesadas por situaciones límite.
La tarea no se reduce al plano espiritual: implica escuchar, mediar en conflictos y generar redes comunitarias.
La prédica de Papa Francisco sobre la necesidad de “salir a las periferias” reforzó esa orientación. Antes y después de su elección como pontífice, insistió en una Iglesia menos autorreferencial y más comprometida con las heridas sociales.
El llamado no fue teórico: apuntó a recuperar la dimensión misionera en territorios marcados por la desigualdad.
En esos barrios, la violencia no es una abstracción. Tampoco lo son las adicciones, que golpean con fuerza a jóvenes y adultos. Los sacerdotes que trabajan allí reconocen que la fe, por sí sola, no resuelve problemas estructurales, pero sostienen que puede abrir caminos de recuperación y sentido.
Acompañar a quien intenta dejar las drogas, contener a una familia quebrada o estar presente ante una pérdida violenta forma parte de una tarea silenciosa y persistente.
El mensaje que transmiten es claro: Dios no está reservado a determinados ámbitos sociales. Está en cada mesa humilde, en cada hogar atravesado por dificultades, en cada madre que pide ayuda para su hijo.
La presencia pastoral busca precisamente eso, recordar que nadie queda fuera de esa mirada.
Hablar de estos curas es hablar de una Iglesia que decidió correrse de la comodidad y asumir riesgos. Una Iglesia que entiende que la fe no se limita al templo y que el compromiso social no es una opción secundaria.
En tiempos de fragmentación y desconfianza institucional, su presencia en las periferias interpela tanto hacia adentro como hacia afuera: cuestiona prejuicios y obliga a repensar qué significa, hoy, estar cerca de los que más lo necesitan.
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