El Mensajero
Opinión

El Mundial de los poderosos y el silencio de los demás

Escribe: Gustavo Billarrurel

Estamos disfrutando del Mundial. Gritamos los goles, discutimos tácticas, soñamos con una hazaña y volvemos a sentir esa pasión que solamente el fútbol es capaz de despertar. Pero mientras la pelota rueda, hay algo que también está pasando y de lo que se habla demasiado poco. Y duele.

Porque resulta imposible no preguntarse si todos los países son medidos con la misma vara. Hace algunos años, Rusia fue excluida de las competencias internacionales tras la invasión a Ucrania. La decisión fue rápida y contundente. Sin embargo, cuando el poder mundial cambia de manos, las preguntas parecen desaparecer. Entonces uno se pregunta dónde termina la justicia y dónde empieza la conveniencia.

Estados Unidos organiza este Mundial. El mismo país que intervino militarmente en distintos lugares del planeta, el mismo que durante décadas condicionó gobiernos, economías y destinos de pueblos enteros. Y, sin embargo, nadie discute si debe organizar la mayor fiesta del fútbol. Nadie parece preguntarse si las reglas que se aplican a unos deberían aplicarse también a otros.

Los hechos recientes alimentan todavía más esa sensación de desigualdad. El delantero iraquí Aymen Hussein, el hombre que convirtió el gol que devolvió a Irak a una Copa del Mundo después de cuarenta años, fue retenido durante horas en un aeropuerto estadounidense para ser interrogado. Un fotógrafo de la delegación iraquí ni siquiera pudo ingresar al país. Integrantes de la federación iraní encontraron obstáculos para obtener visas.

Un árbitro africano designado para el torneo quedó fuera tras ser rechazado por las autoridades migratorias. No fue un hecho aislado. Fueron varios episodios que afectaron a deportistas, dirigentes y trabajadores vinculados al Mundial. Son hechos concretos. No opiniones.

Y entonces vuelve la pregunta incómoda. ¿Qué habría ocurrido si estas situaciones afectaran a una potencia europea? ¿Qué estarían diciendo los grandes medios del mundo? ¿Cuántas portadas ocuparían? ¿Cuántos dirigentes estarían exigiendo explicaciones?

Lo más preocupante es la naturalidad con la que terminamos aceptándolo. Como si algunos países tuvieran derecho a decidir quién entra, quién espera, quién juega, quién participa y quién queda afuera. Como si hubiera naciones de primera y naciones de segunda. Como si algunos pasaportes valieran más que otros.

América Latina conoce demasiado bien esa historia. La conoce desde hace siglos. La conoce porque muchas veces fue observada desde arriba por quienes se atribuyeron el derecho de señalar qué estaba bien y qué estaba mal. Eduardo Galeano escribió durante años sobre esas relaciones desiguales de poder que atraviesan nuestra historia. Y aunque cambien los escenarios, muchas veces las lógicas siguen siendo las mismas.

No escribo esto porque esté en contra del fútbol. Todo lo contrario. Escribo esto porque amo el fútbol. Porque justamente por amar este deporte me niego a creer que la pelota deba tapar todo lo demás. Me niego a aceptar que la pasión nos obligue a guardar silencio cuando vemos injusticias o dobles estándares.

El Mundial seguirá. Habrá campeones, héroes y grandes historias. Pero mientras celebramos cada gol, también deberíamos animarnos a mirar lo que sucede fuera de la cancha. Porque el problema nunca fue solamente el fútbol. El problema es un mundo donde algunos tienen el poder de imponer las reglas y otros apenas pueden intentar cumplirlas.

 

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