El Mensajero
AnálisisSociedad

La bandera que encendió una chispa

Gustavo Billarruel

Una imagen que dijo mucho más que mil discursos

Hay momentos en los que una imagen dura apenas unos segundos, pero dice mucho más de lo que parece.

Una bandera blanca. Letras negras. Una frase que conocemos de memoria:

“Las Malvinas son argentinas”.

Apareció después de que la Selección Argentina venciera 2 a 1 a Inglaterra en las semifinales del Mundial 2026. Los jugadores la desplegaron sobre el césped, en medio de los festejos. La bandera había llegado desde la tribuna y terminó en manos de los futbolistas. La imagen recorrió el mundo.

No fue un discurso de campaña. Tampoco una declaración oficial de política exterior.

Fue un gesto.

Y quizás ahí esté la verdadera importancia de aquella bandera.

Porque una bandera no siempre es solamente una bandera.

A veces es una chispa.

Y creo que algo de eso comenzó a pasar en la Argentina.

No me interesa mirar estos días como una fotografía aislada. Prefiero mirarlos como parte de un proceso. Porque las sociedades no cambian de un día para otro. Una crisis política tampoco aparece mágicamente en una encuesta, en una elección o en una movilización.

Hay algo que se va acumulando.

Una bronca.

Una incomodidad.

Una pérdida de paciencia.

Una discusión que empieza en un lugar y termina ocupando otro.

Y cuando esas cosas comienzan a encontrarse, algo cambia.

De la bandera a la calle

Al 16 de agosto, el Gobierno de Javier Milei lleva dos años y ocho meses. Sería demasiado sencillo explicar el momento actual a partir de una sola medida, una sola ley o una sola protesta.

No.

Las sociedades son bastante más complejas.

Hay una trama de decisiones políticas, económicas y sociales que se acumulan. La discusión por la tierra, la soberanía, el ambiente, el trabajo, la producción y el patrimonio común forma parte de una conversación que dejó de estar encerrada en determinados espacios políticos.

Y eso es lo interesante.

Porque una cosa es una protesta.

Otra muy distinta es que distintas protestas empiecen a reconocerse entre sí.

El conflicto por la tierra, las discusiones ambientales, el cooperativismo, las universidades, las organizaciones sociales, los trabajadores y distintos sectores de la ciudadanía pueden tener historias y demandas diferentes. Pero cuando empiezan a encontrar un punto común, aparece algo que la política tradicional muchas veces no consigue construir desde arriba.

Una identidad compartida.

Por eso no alcanza con hablar de la unidad de la dirigencia política.

Esa unidad puede ser necesaria, especialmente cuando llegan las elecciones. Pero no es suficiente.

La verdadera pregunta es otra:

¿Puede comenzar a construirse una unidad social alrededor de determinadas banderas?

Y no hablo solamente de una bandera partidaria.

Hablo de la tierra.

Del ambiente.

Del trabajo.

De la soberanía.

De la educación.

De la producción.

Del cooperativismo.

De la posibilidad de vivir con dignidad.

Hablo, en definitiva, de una idea de país.

Y ahí la bandera de Malvinas vuelve a aparecer.

Porque apareció en un territorio inesperado.

En una cancha de fútbol.

Frente a Inglaterra.

En medio de un Mundial.

Y terminó hablando de algo que excede largamente al fútbol.

La Selección hizo algo que muchas veces la política tradicional no consigue hacer: encontró un lenguaje que millones de argentinos entendieron sin necesidad de explicaciones.

Una sábana.

Una frase.

Un sentimiento.

Y miles de personas mirando aquella imagen y entendiendo, cada una a su manera, que allí había algo que también les pertenecía.

Eso es lo que hace poderosa a una bandera.

La derrota no empieza el día de una elección

Después vino la calle.

La lluvia.

La gente.

Las banderas.

El “la patria no se vende”.

Las organizaciones.

El cooperativismo.

Personas que quizás no piensan exactamente igual, pero que encuentran un punto común frente a determinadas decisiones.

Y entonces aparece una pregunta que no conviene esquivar:

¿Cuándo empieza la derrota de un Gobierno? ¿Cuando pierde una elección? ¿Cuando pierde una votación? ¿Cuando cae su imagen en las encuestas?

¿O puede comenzar mucho antes?

Yo creo que puede comenzar cuando deja de convencer.

Cuando una parte de la sociedad deja de mirar sus decisiones como inevitables.

Cuando aquello que ayer parecía imposible de discutir empieza a discutirse.

Cuando una medida encuentra resistencia.

Cuando quienes parecían acompañar comienzan a poner condiciones.

Cuando una iniciativa oficial necesita ser modificada una y otra vez para conseguir los votos que antes parecían seguros.

Y eso también ocurrió.

El proyecto de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, impulsado por el Gobierno, tuvo su tratamiento postergado en el Senado y finalmente llegó al recinto el 6 de agosto. La Cámara alta aprobó entonces una versión modificada, después de que quedaran fuera dos capítulos centrales vinculados con la compra de tierras por extranjeros y con el uso de suelos afectados por incendios.

No digo que una votación determine por sí sola el destino de un Gobierno.

Sería absurdo.

Digo otra cosa.

Los límites también son señales.

Y cuando esos límites aparecen después de meses de insistencia oficial, cuando además coinciden con resistencia social y con una dirigencia que comienza a discutir sus propios márgenes, vale la pena prestar atención.

Por eso prefiero hablar de proceso.

No de una derrota definitiva.

Mucho menos de una agonía ya consumada.

Pero sí de un proceso que merece ser observado.

El otro territorio de la política

Hay otro territorio que durante mucho tiempo fue subestimado: las redes sociales.

Nos pueden gustar más o menos. Podemos cuestionar sus excesos, sus miserias y la velocidad con la que muchas veces convierten cualquier discusión en una pelea.

Pero sería un error negar que allí también se construye sentido.

La política ya no sucede únicamente en una plaza, en un sindicato, en una universidad o en una organización partidaria.

También sucede en un teléfono.

En un video.

En una fotografía.

En una frase.

En una imagen que alguien comparte y que, pocas horas después, puede llegar a millones de personas.

La bandera de Malvinas es un ejemplo perfecto.

Nació en una tribuna, pasó al campo de juego y terminó convertida en una imagen global. La FIFA abrió un expediente disciplinario por su exhibición.

Pero más allá de cualquier sanción deportiva, hubo algo que ya no se podía sancionar.

La imagen ya estaba afuera.

Ya circulaba.

Ya había sido vista.

Ya había provocado una conversación.

Y ahí aquella bandera volvió a convertirse en chispa.

Una chispa que no necesariamente incendia todo de inmediato.

Pero que demuestra que todavía hay algo capaz de encenderse.

Quizás recién estemos viendo el comienzo

Por eso no creo que debamos quedarnos solamente con la imagen de los jugadores levantando una bandera de Malvinas.

Hay que mirar lo que vino después.

La calle.

Las resistencias.

Las discusiones.

Los límites políticos.

Las organizaciones.

Las redes.

Y, sobre todo, hay que mirar a una sociedad que lentamente comienza a recuperar una pregunta que durante demasiado tiempo pareció incómoda:

¿Qué país queremos ser?

Quizás todavía sea demasiado pronto para hablar de agonía.

Quizás.

Pero sería un error no escuchar los ruidos que aparecen cuando un modelo político empieza a encontrar límites.

Porque los gobiernos no se debilitan solamente cuando pierden votos.

También pueden comenzar a debilitarse cuando pierden la capacidad de imponer aquello que alguna vez parecía indiscutible.

Y tal vez por eso aquella bandera me resulta tan poderosa.

Porque no fue solamente una bandera de Malvinas.

Fue una bandera que apareció en el lugar menos pensado, frente al rival menos conveniente, en el momento exacto, y que terminó recordándonos algo elemental:

hay cosas que todavía nos importan.

Y cuando una sociedad vuelve a descubrir aquello que le importa, puede empezar a cambiar.

Quizás la bandera haya sido apenas eso.

Una chispa.

Pero las grandes transformaciones no siempre comienzan con grandes discursos.

A veces empiezan con una imagen.

Con una frase escrita sobre una sábana.

Con alguien que decide levantarla.

Y con millones de personas que, al verla, vuelven a preguntarse si todavía es posible decir:

por acá no.

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