Por Luis Emanuel Cecchini
Hay una escena que se repite con una frecuencia que ya debería avergonzarnos. Una persona con discapacidad llega a una entrevista de trabajo con un currículum impecable: títulos, posgrados, experiencia comprobable.
Al otro lado de la mesa, alguien desvía la mirada hacia la silla de ruedas, hacia el bastón, hacia el audífono, hacia esa parte del cuerpo o de la historia que no pidió tener pero que aprendió a habitar con dignidad. Y la conversación cambia de rumbo. Ya no se habla de capacidades. Se habla de «adaptaciones», de «si podés con el ritmo», de «acá necesitamos a alguien que no falte». Como si la discapacidad fuera sinónimo de fragilidad, de ausencia, de falta.
Los que vivimos esto lo sabemos de memoria: en el ámbito laboral, las personas con discapacidad siempre tenemos que demostrar más que el resto. Siempre un poco más. Un título más, un curso más, una sonrisa más, una paciencia más. No alcanza con ser buenos: tenemos que ser indiscutibles.
No alcanza con estar preparados: tenemos que estar sobrepreparados, por si acaso, porque en el fondo sabemos que cualquier error nuestro no será leído como un error humano, sino como la confirmación de un prejuicio. Que una llegue tarde una vez no es un mal día: es «que no puede con el ritmo». Que un compañero se equivoque es aprender; que nos equivoquemos nosotros es «quizás no era el puesto para ella».
Y sin embargo, con poco hacemos casi nada. Esa frase merece leerse despacio, porque encierra una trampa. Cuando una persona con discapacidad logra rendir, producir, crear, liderar, muchas veces se lo atribuye a un mérito excepcional, casi heroico, como si fuéramos la excepción que confirma la regla. Pero si logramos tanto con tan poco —con tan pocas oportunidades, con tan pocos espacios, con tan poca confianza depositada—, imaginemos lo que haríamos con lo justo. Con lo que cualquier otro tiene por derecho: una oportunidad real, un puesto acorde a la formación, un equipo que no nos mire como un problema a resolver sino como un colega a escuchar.
El problema no es la discapacidad. El problema son los prejuicios y las miradas infantilizantes o estigmatizantes que nos atraviesan incluso antes de que abramos la boca. Nos hablan en un tono más suave, como si fuéramos niños. Nos preguntan si «estamos seguros» de querer tal responsabilidad.
Nos ofrecen tareas menores o inferiores para las que estamos sobrecalificados, y nos piden que agradezcamos el gesto. Nos colocan en puestos de relleno, de vitrina, de «inclusión simbólica», mientras nuestras capacidades reales quedan guardadas en un cajón, esperando un día que nunca llega. Y duele, porque no es solo una cuestión laboral: es una cuestión de dignidad. Es la sensación de tener que pedir permiso para existir profesionalmente.
Desde una mirada humanizada, habría que decir que las personas con discapacidad no somos un colectivo homogéneo ni un caso a resolver. Somos personas con trayectorias, deseos, talentos y proyectos. Algunas necesitamos apoyos, otras no; algunas rendimos mejor de una manera, otras de otra. Pero ninguna necesita que se le baje el listón ni que se le ponga una alfombra roja por lástima. Lo que necesitamos es lo mismo que cualquier trabajador: que se nos evalúe por lo que hacemos, que se nos exija con justicia, que se nos permita equivocarnos y aprender, que se nos pague lo que corresponde, que se nos trate como pares.
Mientras eso no ocurra, seguiremos demostrando el doble. Seguiremos llegando más preparados, más temprano, más callados. Seguiremos aceptando tareas menores con una sonrisa, porque rechazarlas suena a ingratitud en un mundo que nos da poco. Pero también seguiremos nombrando esto, porque callarlo es cómplice. Y porque algún día, ojalá, la conversación en esa entrevista no empiece por lo que nos falta, sino por todo lo que tenemos para aportar. Ese día, por fin, dejaríamos de demostrar el doble. Y podríamos, simplemente, trabajar.
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