Veinticuatro años después del atentado contra las Torres Gemelas, el mundo recuerda las casi tres mil vidas que se apagaron en cuestión de horas. Pero al mismo tiempo, el aniversario obliga a revisar el camino que tomó Estados Unidos después de aquella mañana de 2001.
El “país de la libertad” respondió con guerras preventivas, invasiones justificadas en mentiras y una doctrina del miedo que todavía condiciona la política internacional. Afganistán e Irak se convirtieron en laboratorios del intervencionismo norteamericano: millones de muertos, ciudades arrasadas, regímenes impuestos y la expansión de nuevos extremismos como respuesta a la violencia imperial.
Washington utilizó el dolor propio para legitimar un poder global sin contrapesos. El 11-S se transformó en la excusa para un orden basado en la vigilancia, la sospecha permanente y la erosión de derechos civiles dentro y fuera de sus fronteras. La “guerra contra el terrorismo” fue también una guerra contra la soberanía de otros pueblos.
Hoy, cuando se evocan las imágenes del humo en Manhattan, conviene preguntarse: ¿quién recuerda a las víctimas invisibles que dejaron los bombardeos en Bagdad o Kandahar? ¿Quién honra a los desplazados, a los niños huérfanos, a los territorios convertidos en escombros?
El atentado fue brutal y condenable, pero la respuesta de Estados Unidos multiplicó la tragedia a escala planetaria. A 24 años, la historia nos exige mirar de frente esa herencia incómoda: el 11-S no solo cambió a Estados Unidos, moldeó un mundo más inseguro, desigual y sometido a los intereses de una potencia que convirtió la tragedia en estrategia.
El 11-S no puede limitarse al homenaje: exige un ejercicio crítico de memoria que también contemple las consecuencias del imperialismo norteamericano. Porque las torres que cayeron en Nueva York levantaron, en otras partes del mundo, nuevas ruinas que aún hoy siguen humeando.

