El Mensajero
Sociedad

No busco aplausos, vivo con baja visión

Escribe Gustavo Billarruel. Periodista

Uno no elige. No elige tener baja visión. Simplemente es algo que me tocó, y no me molesta para nada. Lo digo con sinceridad: mi condición forma parte de mi vida, de mi manera de estar en el mundo, de cómo me relaciono conmigo mismo y con los demás.

Claro que hay momentos donde reniego. No con mi baja visión, sino con las barreras que me rodean. Barreras que muchas veces son más duras que la propia dificultad visual: las actitudinales, cuando alguien me trata desde la lástima o la condescendencia; las físicas, cuando un espacio no está pensado para que podamos transitarlo; o las comunicacionales, cuando la información no llega de manera accesible. Esas son las verdaderas piedras en el camino, las que de verdad duelen.

Yo suelo hablar de una dualidad que, para mí, es muy reduccionista: el ver y el no ver. Como si solo existieran esos dos extremos. Y en el medio, entre esos polos, hay un montón de grises. Ahí estoy yo, y ahí estamos muchos que tenemos baja visión. Explicarlo es difícil, sobre todo cuando me preguntan: “¿Vos qué ves y cómo ves?”. La respuesta nunca es simple.

Recuerdo de chico, en la escuela, cuando algún compañero —seguramente sin maldad— me ponía la mano enfrente y me decía: “¿Cuántos dedos tengo acá?”. Yo me quedaba incómodo, sin saber qué contestar, sintiendo que mi diferencia era un espectáculo. Hoy todavía vivo situaciones que, aunque me molesten, también me sacan una sonrisa: como cuando alguien me saluda en la calle y yo no logro distinguir quién es. Para no quedar mal, respondo un “chau”, aunque en realidad no sé a quién le estoy diciendo adiós.

Pero ojo, no busco aplausos por esto. Ni por salir adelante, ni por “adaptarme”, ni por usar mi bastón verde, que es una herramienta y un símbolo de mi autonomía. Ser una persona con baja visión no me convierte en ejemplo, ni en héroe de nada. No quiero que mi vida se convierta en un relato de superación pensado para inspirar a otros desde afuera.

Vivir con baja visión no es un acto heroico. Es vivir con otras herramientas, con otros códigos, con estrategias diferentes para moverme, aprender, comunicarme y relacionarme con el mundo. Y lo que realmente quiero —lo que todos merecemos— es dignidad. Poder circular por espacios sin obstáculos innecesarios, poder acceder a la información en igualdad de condiciones, poder ser valorado por lo que hago y no por lo que “soporto”.

Vivir feliz no debería ser visto como un mérito “a pesar” de la baja visión. Debería ser lo más natural: un derecho básico, como respirar, trabajar, amar o aprender.

Por eso insisto: no busco ovaciones. No quiero que me vean con admiración superficial ni con lástima. Lo que busco es conciencia. Que las personas comprendan que la verdadera hazaña no está en cómo yo me adapto a las barreras, sino en cómo la sociedad puede derribarlas.

Si con estas palabras consigo que alguien lo piense dos veces antes de reducir mi vida a un cliché de motivación, o si logro que alguien entienda la importancia de construir entornos accesibles, entonces ya habré ganado más que con cualquier aplauso.

Yo no elegí tener baja visión. Pero sí elijo cada día cómo vivir con ella. Y lo vivo con dignidad, porque esa es la verdadera victoria.

Te puede interesar