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Sociedad

12 de octubre: Las venas abiertas de un continente que aún sangra

Una fecha que invita a repensar la historia, el saqueo y la resistencia de los pueblos originarios de América Latina.

Cada 12 de octubre, el calendario nos convoca a mirar hacia atrás, pero también a revisar lo que seguimos siendo. En Argentina, se recuerda como el Día del Respeto a la Diversidad Cultural, un nombre que busca alejarse del antiguo “Día de la Raza”, aquel término que resumía siglos de silencios, injusticias y miradas eurocéntricas.

Sin embargo, más allá del cambio de nombre, el desafío es más profundo: entender que ese día no marcó el comienzo de la historia, sino el inicio de un largo proceso de despojo y resistencia.

El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón llegó a tierras que creyó “descubrir”. Pero América no necesitaba ser descubierta. Ya estaba habitada, floreciente y sabia. En cada rincón había pueblos con lenguas, cosmovisiones, formas de organización y vínculos espirituales con la tierra que nada tenían que envidiarle al “viejo mundo”.

La llegada europea no fue un encuentro de culturas, como se sostuvo durante siglos, sino un choque brutal. Vinieron en busca de oro, pero también trajeron cadenas. Y con las armas, los dogmas y los imperios, se apropiaron no solo de las riquezas naturales, sino también de las almas.

Cuando el saqueo se disfrazó de fe

Eduardo Galeano lo dijo con la claridad de quien sangra por dentro: “Nos dejaron las venas abiertas de América Latina: donde antes había oro y plata, hoy hay pobreza y deuda”.

Y también aquella frase que resume el saqueo espiritual:  “Los conquistadores llegaron con la Biblia y el sable; nos enseñaron a rezar con los ojos cerrados. Cuando los abrimos, ya no teníamos tierra, ni oro, ni alma”.

Esa imagen es devastadora y, sin embargo, profundamente vigente. Las coronas europeas se llevaron metales preciosos, maderas, especias y alimentos. Pero también desgarraron el tejido cultural de los pueblos originarios, destruyendo templos, prohibiendo lenguas y persiguiendo costumbres milenarias.

En menos de un siglo, millones de indígenas fueron asesinados o esclavizados. Las enfermedades traídas del otro lado del océano diezmaron comunidades enteras. Y lo que sobrevivió fue sometido a la imposición de una cultura ajena, bajo la promesa de “civilizar”.

Las colonias y la herencia del dolor

La colonización no terminó con las independencias. Su sombra se prolonga en cada desigualdad estructural de nuestro continente.
La explotación económica, el saqueo de los recursos naturales, las deudas impagables, los gobiernos impuestos por intereses externos: todo eso es parte del mismo proyecto colonial que mutó, pero nunca desapareció.

Como escribió Galeano: “América Latina es una región de venas abiertas: desde el descubrimiento hasta nuestros días, todo se ha transmutado en capital europeo o norteamericano”.
Y si hoy la riqueza del litio, del petróleo o del agua dulce sigue yendo a manos extranjeras, es porque aún no cicatrizaron esas heridas.

Los pueblos originarios —mapuches, quechuas, guaraníes, diaguitas, aimaras, comechingones, wichíes y tantos más— son los guardianes de una memoria que el poder intentó borrar. Su sola existencia es un acto de resistencia frente a cinco siglos de despojo.

Las palabras también fueron colonizadas

La conquista también se impuso a través del lenguaje.
Nuestros antepasados hablaban decenas de idiomas originarios que fueron prohibidos o despreciados. La lengua del conquistador se convirtió en la única voz “válida”, y con ella se escribieron las historias oficiales que nos enseñaron desde chicos: héroes europeos, próceres blancos, mapas trazados con tinta ajena.

Recuperar esas lenguas y cosmovisiones no es un gesto folklórico: es un acto político y de justicia histórica.
Porque un pueblo que no puede nombrar su mundo con sus propias palabras, corre el riesgo de desaparecer.

La América profunda sigue de pie

Pero también hay esperanza. Cada año, el 12 de octubre se llena de rituales, ceremonias, marchas y encuentros donde los pueblos originarios vuelven a decir: “Aquí estamos, siempre estuvimos”.
Desde la Quebrada de Humahuaca hasta el altiplano andino, desde el Chaco hasta la Amazonia, América Latina late con el pulso de sus raíces.

Esos pueblos no celebran el “descubrimiento”. Celebran la resistencia, la memoria, la continuidad.
Y nos invitan a mirar la historia no como una fecha muerta, sino como una herida abierta que todavía supura, pero que también puede sanar si hay respeto, justicia y reparación.

Una fecha para pensarnos

Más de cinco siglos después, el 12 de octubre no debería ser motivo de orgullo colonial ni de indiferencia.
Debería ser una jornada de reflexión profunda sobre quiénes somos, qué voces callamos y qué tipo de futuro queremos construir.

Respetar la diversidad cultural no es solo reconocer las diferencias: es entender que esas diferencias son el corazón mismo de nuestra identidad.

Porque América Latina no nació el 12 de octubre: fue herida ese día.
Y, sin embargo, sigue viva. Viva en cada idioma que se rescata, en cada tierra que se defiende, en cada historia que se cuenta desde el sur y no desde el trono de un imperio.

Las venas abiertas siguen latiendo

Eduardo Galeano lo escribió con la verdad de los que no olvidan: “Los conquistadores mataron los dioses de los indios y les impusieron los suyos. Pero los dioses vencidos no murieron: se escondieron en el corazón del pueblo y desde allí siguen viviendo”.

Y mientras esos dioses sigan latiendo en la memoria de quienes resisten, América Latina seguirá respirando —a pesar de todo— con las venas abiertas, pero con el alma intacta.

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