Escribe: Eva Pathenay
Contra todo pronóstico, y en medio de un clima político crispado, Natalia de la Sota hizo lo que muchos creían imposible: desafiar las estructuras del poder cordobés y salir fortalecida. En las legislativas, su espacio Defendamos Córdoba se consolidó como una de las grandes sorpresas, demostrando que el apellido que marcó una época todavía tiene futuro pero con otra voz, otra sensibilidad y otro pulso.
Mientras buena parte del arco político se movía al ritmo de la obediencia y el cálculo, De la Sota eligió desmarcarse. Lo hizo sin aparato y sin pedir permiso. Apostó por una campaña austera pero contundente, sostenida en su cercanía con la gente y un discurso que interpela desde el descontento.
“Con Schiaretti estamos en posiciones distintas”, dijo en plena campaña, marcando un quiebre que no fue solo institucional, sino generacional y político.
El resultado fue claro: una elección que la dejó en el centro del mapa político, empujando a revisar las alianzas, los liderazgos y los equilibrios de poder en Córdoba.
El voto femenino y popular
El fenómeno De la Sota tuvo un componente sociológico evidente. En barrios donde el peronismo provincial parecía haber perdido contacto, su figura apareció como una voz femenina sin tutelajes, que habla desde el llano y sin filtro.
Su narrativa, directa y emocional, encontró eco entre trabajadoras, jubiladas, docentes y jóvenes desencantados con los discursos vacíos del poder. Esa negra atrevida, la mujer que no se calla, la que enfrenta al patriarcado político y desafía a los varones del poder.
Su jugada no fue gratuita. Romper con el oficialismo provincial significó exponerse a la crítica, al aislamiento y al fuego amigo. Pero esa carencia se transformó en potencia: la autenticidad.
Su discurso centrado en la defensa de Córdoba frente al ajuste nacional, en el respeto a la educación pública y en la protección del trabajo, la ubicó como la voz disidente de un peronismo que parecía haber olvidado su base social.
En tiempos de desencanto, esa honestidad incómoda fue un acto político. Y ese acto le valió algo que no se compra ni se negocia: legitimidad.La elección marcó un antes y un después. De la Sota ya no es solo “la hija de José Manuel”, sino una figura con peso propio.
Su desafío al poder cordobés abre una etapa distinta, más plural y más impredecible. Y en esa nueva escena, donde los nombres viejos ya no alcanzan, Natalia encarna una certeza: que el poder también puede venir desde abajo, desde la calle, desde las mujeres que decidieron no esperar más.
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