El Mensajero
Opinión

Francos se fue del Gobierno: la renuncia que expone el poder cerrado del mileísmo

Escribe: Eva Pathenay

La renuncia de Guillermo Francos a la Jefatura de Gabinete del gobierno de Javier Milei no sorprendió a quienes siguen de cerca la política nacional, pero sí confirmó lo que muchos sospechaban: la etapa del diálogo interno en el oficialismo ha llegado a su fin.

Francos, uno de los funcionarios más experimentados del entorno presidencial y principal articulador con gobernadores y legisladores, presentó su dimisión el 31 de octubre mediante una carta dirigida al Presidente. En el texto, señaló que lo hacía “para que pueda afrontar sin condicionamientos la etapa de gobierno que se inicia luego de las elecciones nacionales del pasado 26 de octubre”.

A simple vista, un gesto de institucionalidad. En el fondo, un movimiento que desnuda el pulso real del poder en la Casa Rosada: menos política, más obediencia.

Del diálogo a la obediencia

Francos fue, desde el inicio de la gestión, el hombre encargado de tender puentes con las provincias y negociar la aprobación de leyes clave. Su estilo pragmático contrastaba con el tono confrontativo de otros funcionarios del entorno presidencial.

Sin embargo, ese equilibrio se fue erosionando. Según trascendió en medios como La Nación e Infobae, el funcionario arrastraba un profundo desgaste, producto de tensiones con los asesores más cercanos al Presidente y de la creciente influencia de Karina Milei, figura central en la toma de decisiones.

El reemplazo por el vocero presidencial, Manuel Adorni, consolida la tendencia: el poder se concentra en un círculo cada vez más cerrado, más ideologizado y menos dispuesto a ceder terreno a la política tradicional.

Un gobierno que se repliega sobre sí mismo

La salida de Francos no es un hecho aislado. Refleja un cambio de etapa dentro del oficialismo: el gobierno que llegó prometiendo dinamitar la “casta” termina, paradójicamente, encerrado en su propio núcleo duro.

Con Francos fuera del juego, el Ejecutivo pierde a su principal interlocutor con los gobernadores y el Congreso. La pregunta que se abre es si el nuevo esquema —más vertical, menos dialoguista— podrá sostener la gobernabilidad en un país donde las reformas dependen, inevitablemente, de los consensos.

Mientras tanto, las señales son claras: la Casa Rosada prefiere la lealtad antes que la gestión política. Y en esa lógica, la salida del ministro aparece como un paso más hacia un modelo de poder en el que las voces disonantes no tienen cabida.

La etapa que viene

Con Adorni en la Jefatura de Gabinete y Karina Milei acumulando mayor influencia, el Ejecutivo se prepara para una fase de endurecimiento. Las próximas semanas serán clave: el gobierno deberá demostrar si puede avanzar con su agenda sin fracturar aún más los delicados equilibrios institucionales.

Francos, que en su carta agradeció “la oportunidad de servir con lealtad y patriotismo”, deja tras de sí un vacío político que difícilmente pueda ser llenado solo con comunicación o fidelidad.

Su salida no sólo cierra un ciclo dentro del gabinete, sino que deja al descubierto el verdadero dilema del mileísmo: cómo sostener el poder sin dialogar con nadie.

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