El Mensajero
Opinión

La inflación no se condice con los sueldos: vivir con la esperanza en pausa

Escribe: Gustavo Billarruel

El último dato oficial señala que la inflación de octubre alcanzó el 2,3 por ciento, un número que a primera vista podría parecer “moderado”, pero que en la vida real golpea con fuerza.

Los precios siguen en alza, los ingresos permanecen estancados y la tarjeta de crédito se transformó en un salvavidas cotidiano para comprar alimentos. En este escenario, la pregunta es simple: ¿cómo hacer para que un salario alcance, cuando la realidad del país demuestra lo contrario?

Los sueldos promedio que se manejan en distintas fuentes ayudan a dimensionar el problema. Según informes especializados, la remuneración neta promedio del sector privado registrado en marzo de este año fue de aproximadamente $1.390.159. Por su parte, el índice de Remuneración Imponible Promedio de los Trabajadores Estables (RIPTE) registró un valor de $1.510.680,81 en julio de 2025.

Las cifras muestran incrementos en términos nominales, pero dicen poco sobre el poder real de compra frente a precios que no dan tregua.

Ese contraste —ingresos “aceptables” en los informes y salarios insuficientes en la realidad— genera una tensión diaria. Familias que dependen de uno o dos sueldos deben estirar cada peso: pagar servicios, transporte y alimentos, mientras las cuotas y la tarjeta completan un presupuesto imposible.

Cuando los precios crecen más rápido que los aumentos salariales, se instala una sensación de trampa, de promesas incumplidas, de una economía que se mueve, pero no cambia su rumbo.

En ese marco aparece la dimensión política del problema. Cuando un gobierno habla de normalizar la economía, controlar la inflación o recuperar la competitividad, pero la mayoría de la población siente que cada mes avanza sobre terreno resbaladizo, se corre el riesgo de perder confianza.

En este contexto, la cercanía política y económica del gobierno argentino con los Estados Unidos agrega una lectura más compleja: la pregunta ya no es solo “¿por qué no alcanza el salario?”, sino también “¿quién decide el rumbo económico y hacia dónde apunta?”.

El resultado es visible: en lugar de esperanza, crece la resignación. No se trata de conformarse con poco, sino de aprender a sobrevivir en una normalidad cada vez más precaria.

El ajuste deja huellas concretas en la vida diaria y también golpea la dignidad, ese intangible que se erosiona cuando ir al supermercado significa vaciar el bolsillo de antemano.

El 2,3 por ciento de inflación en octubre es un dato real, pero la verdadera noticia está en lo que ese número no muestra: cuántas familias debieron renunciar a una comida, cuántos deudores hipotecarios renegociaron para no perder su casa, cuántos trabajadores dependen de la tarjeta para llegar a fin de mes.

Esa historia silenciosa atraviesa la vida de millones de personas y no aparece en los informes estadísticos.

La economía no es solo una cuestión de números, es una experiencia de vida. Y cuando los sueldos parecen “aceptables” en un Excel, pero no alcanzan en la realidad, el desencanto deja de ser una sensación y se convierte en síntoma.

Puede que aún haya margen para correcciones o discursos optimistas, pero la base está agrietada. Mientras esa fisura no se repare, el verdadero drama no será la inflación medida, sino la inflación vivida.

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