El Mensajero
Opinión

La criminalización de la pobreza.

Escribe en colaboración para El Mensajero VM : Alicia Peresutti

Está tan de moda esta frase. Algunos la repetimos hasta el cansancio para denunciar lo que pasa acá y en la otra punta del mundo. Otros la utilizan, justamente, para negar que exista.

Vivimos en un mundo alambrado, donde quien nace pobre pareciera tener apenas dos destinos posibles: terminar esclavo, trabajando doce horas o más por chirolas, o ser directamente explotado para abastecer la Trata 2.0, la suma de todos los horrores.

El segundo destino, íntimamente entrelazado con el primero, es la cárcel. Un circuito al que se ingresa a los doce o trece años y del que, casi con certeza, no se sale jamás.

Algunos dirán que existe una tercera opción: “dejar de ser pobre”. ¿Cómo? Ganándose el Quini, convirtiéndose en narco o siendo testaferro de algún político de turno.

En Japón, los ancianos pobres —porque también los hay— delinquen para garantizarse techo, comida y compañía, aunque sea dentro de un penal.

En Estados Unidos, siguen trabajando mientras las rodillas los sostengan: 85, 90 años, no importa. El llamado primer mundo descarta a los ancianos pobres —a los pocos que llegan— sin jubilación alguna.

El único pobre que sirve para esta sociedad sin alma es el pobre disciplinado. Todo el sistema está preparado para eso: no deben molestar al resto. Y, para lograrlo, tienen que circular lo menos posible. Siempre a pie. Encima, de a pie.

Qué sociedad tan contradictoria, ¿verdad? Molesta a los pobres, pero los necesita para sostener el bienestar y los placeres de los demás.
Dios mío, perdónanos, porque cuando tuviste hambre, sed, frío o enfermedad, no nos importó.

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