El Mensajero
Sociedad

Cuando la pantalla corta: el peligro de perder el control

Escribe Gustavo Billarruel

No lo digo desde el miedo ni desde una exageración. Lo digo desde lo que veo, escucho y siento. Las pantallas se metieron en nuestra vida cotidiana y, sobre todo, en la vida de niñas, niños y adolescentes. No como un fenómeno lejano, sino como una presencia constante que moldea vínculos, miradas y conductas.

Las pantallas no son malas en sí mismas. No son demonios ni salvación. Son herramientas. El problema aparece cuando dejamos de tratarlas como tales y las convertimos en territorios sin límites, en espacios donde todo parece permitido porque no hay un cuerpo enfrente. Ahí nace la trampa. Ahí empieza el riesgo.

Hoy el daño no siempre llega con un golpe. Muchas veces llega con una imagen, con un video, con una captura de pantalla, con una broma que se viraliza. Y lo más inquietante es que, en muchos casos, no hay una intención explícita de hacer el mal. Hay ignorancia, banalización, ganas de pertenecer, risas fáciles, búsqueda de aprobación. Pero el resultado puede ser devastador.

Sacar una foto sin consentimiento, editar una imagen, compartir un video íntimo, usar inteligencia artificial para crear cuerpos que no existen o para desnudar simbólicamente a alguien real no es un juego. Es una forma nueva y muy poderosa de violencia. Una violencia que humilla, expone, estigmatiza y persigue incluso cuando la persona está sola en su casa. En el mundo digital no hay refugio cuando el daño empieza a circular.

Ahí aparece el bullying digital, que no termina cuando suena el timbre de la escuela. Aparece la discriminación amplificada, la burla permanente, la etiqueta que se pega y no se despega. Y aparecen consecuencias que muchos adultos todavía subestiman: angustia profunda, aislamiento, silencios largos, quiebres que no siempre se ven. A veces, incluso, finales irreversibles.

Las pantallas son armas de doble filo. Un celular, una tablet, un televisor, una computadora o una consola no lastiman por sí solos. Lastiman cuando no hay palabra, cuando no hay límites, cuando no hay adultos presentes aunque estén físicamente en la misma casa. Lastiman cuando delegamos la crianza, el cuidado y la escucha en un algoritmo.

Por eso no creo que la salida sea prohibir. Creo que la salida es hablar. Hablar mucho. En la mesa, en los tiempos compartidos, en las vacaciones, en los silencios. Preguntar qué miran, qué comparten, qué les causa gracia, qué les incomoda, qué ven que hacen otros. Enseñar que detrás de cada pantalla hay una persona real, con cuerpo, con historia y con fragilidad. Que no todo lo técnicamente posible es moralmente aceptable. Que no todo lo viral es inocente.

El filósofo Byung-Chul Han advierte algo que resuena con fuerza en este tiempo: “La violencia hoy ya no se ejerce tanto de forma física, sino psíquica, y se infiltra de manera invisible”. Esa invisibilidad es, justamente, lo que vuelve a las pantallas tan peligrosas cuando no hay conciencia ni control.
También tenemos que mirarnos como adultos. Revisar nuestro propio uso. Porque no se puede pedir cuidado si nosotros mismos exponemos, ridiculizamos, compartimos sin pensar o naturalizamos la violencia digital.

La educación digital no empieza en la escuela: empieza en casa y con el ejemplo. Si dejamos que las pantallas nos gobiernen, perderemos algo más que tiempo. Perderemos el control, el vínculo y la capacidad de cuidar al otro. Y recuperar eso, después, suele ser mucho más difícil que apagar un dispositivo. Por eso escribir, decirlo y hablarlo no es exagerar. Es, simplemente, hacernos cargo.

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