Por el periodista Gustavo Billarruel
Una reflexión necesaria sobre cómo la tecnología convive con la infancia, y por qué nuestra presencia emocional sigue siendo el pilar que ninguna aplicación puede reemplazar.
En la crianza contemporánea solemos preguntarnos a qué edad corresponde entregar un celular. Sin embargo, con el tiempo emerge otra pregunta más profunda: ¿le damos un celular a nuestros hijos o, sin darnos cuenta, terminamos entregando a nuestros hijos al celular?
Esa diferencia modifica todo. Cambia la forma en que acompañamos, cómo enseñamos a convivir y qué lugar tenemos en la construcción emocional de nuestros chicos. Con frecuencia, frente a un berrinche, ofrecemos la pantalla como calmante. Funciona un instante, pero deja un mensaje oculto: que la regulación emocional depende del dispositivo y no de la presencia adulta.
Un berrinche no es un enemigo. Es un llamado. Es el momento en el que un niño necesita contención, un límite claro y un adulto dispuesto a sostenerlo mientras atraviesa lo que siente. Ese aprendizaje se traslada luego a la escuela, a la casa de un amigo, a un cumpleaños o a cualquier espacio donde necesite gestionar la frustración sin perseguir siempre el refugio luminoso de una pantalla.
La tecnología es útil y forma parte del mundo. El problema aparece cuando se transforma en un sustituto del encuentro humano. Ahí es cuando conviene recordar algo esencial: si queremos que los chicos desarrollen autocontrol, necesitamos mostrarlo nosotros primero. Ningún tutorial reemplaza el ejemplo.
Algunos apoyos pueden sumar, como las cajas con temporizador o cierre que obligan a dejar el teléfono lejos por un rato. Son herramientas válidas, pero no resuelven lo principal. El cambio real nace en los hábitos cotidianos: jugar un rato en el patio, armar un juego de mesa, preparar unos sándwiches y comerlos con la mano, conversar sin interrupciones, aburrirse juntos y dejar que la imaginación vuelva a respirar.
Muchas voces de la psicología actual coinciden en lo mismo: los chicos no necesitan adultos perfectos. Necesitan adultos presentes. Esa presencia se construye con decisiones pequeñas, constantes, imperfectas pero auténticas: escuchar, acompañar, poner límites, explicar, sostener la mirada, estar.
Los niños observan todo. Aprenden de lo que hacemos, no solo de lo que decimos. Si queremos que sepan desconectar, también debemos mostrarles que podemos hacerlo. La autonomía digital no se impone: se acompaña. No se trata de negar la tecnología, sino de ponerla donde corresponde.
En el fondo, el problema no es dar un celular. El verdadero riesgo aparece cuando la pantalla ocupa el lugar que debería ocupar la palabra, el abrazo y la disponibilidad emocional. Cuando elegimos estar, de manera presente y humana, les transmitimos algo que ninguna notificación puede ofrecer: que el vínculo sigue siendo el espacio donde se aprende a habitar el mundo.

