El 23 de septiembre de 1947 no es una fecha más en el calendario. Ese día, en la Argentina, se promulgó la Ley 13.010, la que por fin reconoció a las mujeres el derecho a votar y a ser elegidas. Y digo por fin porque no fue un regalo de nadie: fue la conquista de una lucha que venía de décadas, con mujeres que se bancaron el ninguneo, el rechazo y la indiferencia de un sistema político que siempre las había dejado afuera.
Me parece clave recordarlo sin adornos. Porque esa ley no cayó del cielo. Detrás de ella hubo pioneras como Julieta Lanteri, Alicia Moreau de Justo y tantas más que empujaron la puerta cuando parecía cerrada para siempre. Y después vino Eva Perón, que le puso la voz, el cuerpo y la fuerza de la masividad. Sin su empuje, probablemente el reclamo hubiera seguido durmiendo en cajones legislativos.
Ese 23 de septiembre, en una Plaza de Mayo repleta, Juan Domingo Perón le entregó el decreto a Evita. Ella lo recibió temblando, pero no por miedo: por la emoción de estar sellando un triunfo que era colectivo. “Mujeres de mi patria…”, arrancó su discurso, y la historia cambió para siempre. Cuatro años más tarde, en 1951, las mujeres votaron por primera vez en una elección nacional.
A mí me indigna pensar lo mucho que costó llegar hasta ahí. Como sociedad, les negamos a las mujeres un derecho básico hasta mediados del siglo XX. Y al mismo tiempo me llena de orgullo que no hayan aflojado nunca, que hayan insistido hasta romper la barrera.
El voto femenino no es solo un capítulo del pasado. Es un recordatorio de que ningún derecho se concede porque sí: se arranca, se conquista y después se defiende. Y ahí está la enseñanza. Porque todavía hoy, cuando escuchamos discursos que buscan volver a relegar a la mujer, conviene mirar atrás y entender de dónde venimos.
Por eso, cada 23 de septiembre, no pienso en una fecha lejana ni en un acto de solemnidad. Pienso en una lucha viva, en una conquista que costó demasiado y que todavía nos sigue marcando. Porque si la democracia tiene sentido, es gracias a que un día se entendió que la mitad de la sociedad no podía seguir afuera de la urna.

