Por el periodista Gustavo Billarruel
La familia no siempre es refugio ni siempre es herida. A veces es ambas cosas al mismo tiempo. Es el primer territorio donde aprendemos a mirar el mundo, incluso antes de entenderlo. Son las personas que estuvieron ahí cuando todavía no sabíamos quiénes éramos y que, sin proponérselo, dejaron marcas que nos acompañan toda la vida.
En la familia se aprende que no todo llega fácil. Que lo que cuesta, se valora más. Que no todo se consigue a la ligera y que, muchas veces, los caminos están llenos de sacrificios silenciosos. Se aprende que hay más frustraciones que logros, más intentos que resultados, y que la vida no siempre devuelve lo que uno espera. Pero también se aprende a sostenerse cuando eso pasa.
La familia no se elige. Simplemente toca. Y en ese tocar hay aceptación, respeto y convivencia. Hay risas compartidas y silencios incómodos. Hay abrazos que reconfortan y discusiones que duelen. Hay momentos de cercanía y otros de distancia, enojos que parecen definitivos y reencuentros que sanan sin decir demasiado. A veces el abrazo tarda, pero cuando llega, pesa más que cualquier palabra.
Con la familia uno aprende a amar con límites. A perdonar sin olvidar. A entender que el cariño no siempre se expresa de la mejor manera, pero que muchas veces está ahí, torpe, imperfecto, intentando. Se aprende que querer no significa coincidir siempre, y que acompañar no es resolverle la vida al otro, sino estar, incluso cuando no se sabe cómo.
Crecer también es aceptar que no todo se repara. Que hay cosas que quedan así, incompletas, con bordes ásperos. Pero incluso ahí existe una elección posible: cómo relacionarse con lo que tocó vivir. Elegir no repetir, elegir comprender, elegir cuidar lo que sí fue bueno. Esa decisión, aunque duela, también es una forma de madurez.
La familia es ese espacio donde se aprende a resistir y a compartir. Donde se llora sin vergüenza y se sonríe sin explicaciones. Donde una mesa, un gesto o un silencio dicen más que muchas palabras. No es perfecta, no es justa, no es siempre cálida. Pero suele ser el primer lugar donde entendemos que vivir también es quedarse, incluso cuando no es fácil, y valorar aquello que, con todas sus fallas, nos sostuvo.

