Por el periodista Gustavo Billarruel
Durante mucho tiempo nos enseñaron a buscar la felicidad en lo grande, en lo costoso, en lo que parece inalcanzable. Como si para estar bien hubiera que llegar siempre a algún lugar más alto, más lejano, más ruidoso. Y en ese intento, muchas veces se nos pasó la vida esperando.
Con el tiempo, uno empieza a entender que la felicidad no siempre está donde nos dijeron que miremos. No vive necesariamente en lo asombroso ni en lo extraordinario. Aparece, casi sin avisar, en las pequeñas cosas. En esos momentos que no salen en ninguna foto, pero que se quedan en el cuerpo. En lo cotidiano. En lo que no se puede comprar.
Hace falta mucho menos de lo que creemos para sentirnos bien. A veces alcanza con mirar alrededor y reconocer a quienes están. A esas personas que acompañan sin hacer ruido. La familia. Los amigos de fierro. Los de siempre. Los que no fallan. Los que quieren verte bien de verdad, no solo cuando todo va bien. Ese pilar silencioso que sostiene incluso cuando uno no se da cuenta.
Claro que también están las otras cosas. Las ausencias, las decepciones, los golpes. No todo es liviano ni fácil. Pero incluso ahí, en medio de lo que duele, aparece una enseñanza. Porque la vida no se aprende solo desde lo bueno. También se aprende desde lo que cuesta, desde lo que no salió como esperábamos, desde lo que nos obligó a crecer.
Buscar la felicidad en lo simple no es conformarse ni resignarse. Es aprender a disfrutar. Es vivir el momento. Habitar el hoy sin cargarlo con exigencias que no le pertenecen. El pasado ya fue y no vuelve. El futuro todavía no llegó. Y muchas veces, por estar atrapados entre uno y otro, nos olvidamos de vivir lo único que realmente tenemos: el presente.
Pensar todo esto en un cierre de año tiene algo de balance y algo de despedida. Se va un año más y, con él, se va una parte de nosotros. Pero también queda mucho. Quedan los aprendizajes. Los logros visibles y los invisibles. Las satisfacciones pequeñas. Los abrazos compartidos. Las charlas, los silencios, las risas. Un año más compartido con quienes queremos no es poca cosa. Es muchísimo.
La felicidad no aparece como una meta alcanzada ni como un estado permanente. Se filtra en momentos breves, casi insignificantes, cuando dejamos de exigirle tanto a la vida. Está en no tener que demostrar nada, en sentirnos suficientes por un rato, en habitar el día sin pelear con él. No es euforia ni celebración constante. Es calma.
Y aprender a reconocerla exige algo difícil para muchos: dejar de pensar que siempre falta algo para poder estar bien.

