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Opinión | Argentina se mira al espejo y no se reconoce

Escribe: Lic. Luis Emanuel Cecchini

Hay momentos en los que un país parece mirarse al espejo y no reconocerse. Argentina atraviesa uno de esos instantes.

Entre discursos de odio, promesas de “libertad” y una devoción ciega por el mercado, el voto económico se impuso, otra vez, sobre cualquier otra consideración.

No importaron los recortes anunciados, ni el desprecio por la ciencia, la cultura o la educación. No importó la amenaza abierta de eliminar derechos laborales o de desfinanciar hospitales. Tampoco conmovieron los despidos ni las señales de ajuste sobre los sectores más vulnerables.

Lo único que pareció contar fue la promesa de un consumo más fácil, de precios contenidos, de viajes al exterior un poco más accesibles. Como si la felicidad dependiera de la cotización del iPhone.

Y mientras una parte de la sociedad festeja el supuesto orden económico, otra se prepara para sobrevivir. Porque las reformas que vienen —con ese lenguaje técnico que disfraza el despojo— van a golpear a la clase trabajadora como pocas veces antes.

Y no es un pronóstico apocalíptico, es simplemente la consecuencia lógica de un proyecto político que solo mide valor en dólares y considera gasto todo lo que huela a derechos.

El nuevo rumbo nacional tiene, además, una referencia internacional clara: la admiración explícita por Donald Trump. No se trata solo de coincidencias ideológicas o de fotos en redes; es una afinidad profunda con un modelo autoritario, nacionalista y xenófobo que convierte el resentimiento social en programa de gobierno.

Lo que en Estados Unidos se expresó en muros y discursos racistas, acá se traduce en desprecio por los pobres, los migrantes, las mujeres, los trabajadores y las personas con discapacidad.

El mensaje es tan brutal como transparente: hay ciudadanos de primera y de segunda. Los de primera son los que compran, los que viajan, los que pueden pagar. Los de segunda, los que sobran. Y si el mercado no los necesita, el Estado tampoco.

Esa es la verdadera corrupción, mucho más profunda que cualquier causa judicial: la corrupción moral de una sociedad que se acostumbra a mirar hacia otro lado mientras otros pierden derechos, salud o dignidad. Porque mientras haya consumo, mientras el dólar esté quieto, parece que todo está bien.

Pero el espejismo dura poco. Cuando el dólar vuelva a moverse —porque siempre lo hace—, no solo habremos perdido poder adquisitivo. Habríamos perdido, además, la noción más básica de humanidad y justicia social.

El dólar puede bajar o subir. Lo que no debería cotizarse es la conciencia colectiva.

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