Escribe: Gustavo Billarruel
Hace poco, en Córdoba, un episodio estremecedor sacudió la calma: una mujer fue asesinada presuntamente por su propio hijo, un caso que visibiliza la brutalidad íntima que muchas veces queda oculta detrás de puertas cerradas. Este hecho, junto con otros casos graves que se suceden en el país, no son excepciones aisladas sino señales de alerta: la violencia y el dolor están rompiendo silencios y exigiendo una mirada colectiva.
Vivimos un tiempo en el que la velocidad decide quiénes somos. En pocas líneas: la prisa —y las prioridades construidas a su alrededor— expresan una profunda pérdida de sentido. Los hechos de violencia que conmueven al país, como los episodios de femicidio y crímenes familiares —uno de ellos reciente en Villa María, Córdoba—, nos interpelan de forma brutal: ¿qué falla en nuestras rutinas, en nuestras instituciones y en los vínculos cotidianos para que el dolor se vuelva noticia y la vida un dato más entre notificaciones?
(En los últimos días, Córdoba registró un femicidio en Villa María: una mujer fue asesinada con más de treinta puñaladas. )
La realidad cotidiana muestra contradicciones que ya no sorprenden, pero sí exigen respuesta. La tecnología se perfecciona y la empatía se desgasta. Mensajes, alertas y pantallas ocupan el centro de atención mientras las conversaciones profundas se postergan. Las redes sociales exhiben sonrisas que muchas veces esconden angustias. Servicios esenciales demoran; la inmediatez privada —de entregas y aplicaciones— contrasta con la lentitud institucional cuando la vida está en riesgo.
No se trata de demonizar el progreso ni de idealizar el pasado. Se trata de señalar una deriva: la normalización de la indiferencia. Cuando la noticia del día se consume y se olvida con la misma rapidez, el dolor de las víctimas corre el riesgo de transformarse en un dato que apenas alimenta la circulación informativa. Eso debilita la posibilidad de aprendizaje colectivo y de cambios concretos en políticas públicas, prevención y contención social.
Hay aspectos que exigen reflexión y acción simultáneas: la salud mental, la eficacia de los dispositivos de protección social, la respuesta institucional ante las alertas de violencia y la cultura comunicacional que privilegia el impacto sobre la explicación. También está en juego la calidad de las relaciones interpersonales —la escucha, el acompañamiento, la contención— que socavan la resiliencia comunitaria cuando faltan.
Este no es un llamado moralista; es una invitación práctica. Frenar no implica retroceder tecnológicamente: implica priorizar espacios de diálogo, fortalecer redes de apoyo, mejorar protocolos de protección y exigir respuestas rápidas y coordinadas desde el Estado. Implica, también, que los medios y las plataformas informativas apuesten por enfoques que informen sin revictimizar y que promuevan soluciones verificables.
Recuperar la humanidad que la prisa corroe exige decisiones públicas y gestos cotidianos: preguntar por un vecino, escuchar sin juzgar, ofrecer acompañamiento a quien lo necesita, educar en emociones y empatía desde las escuelas. Son acciones pequeñas que, acumuladas, pueden modificar el paisaje social.
Vivimos en un mundo donde vibra más un teléfono que un corazón. Pero esa constatación no debe convertirse en sentencia definitiva. Podemos reclamar mejores respuestas institucionales, exigir políticas de prevención y acompañamiento, y reconstruir —en lo cotidiano— prácticas de cuidado mutuo. Empezar por detener la prisa que nos arrastra puede ser el primer acto de responsabilidad colectiva.
La violencia no es un destino inevitable; es el síntoma de desequilibrios que podemos y debemos abordar. Lo urgente es articular cambios que restituyan el valor de la vida y de la escucha. Si queremos un futuro distinto, conviene hacerlo desde la voluntad de frenar, mirar y actuar.

