El Mensajero
Opinión

“Con la democracia se come, se cura y se educa” La historia viva de un país que volvió a creer

Escribe: Gustavo Billarruel

La frase de Raúl Alfonsín todavía late en la memoria colectiva como una promesa que se volvió símbolo. Fue el eco de una Argentina que, el 30 de octubre de 1983, volvió a respirar después de siete años de silencio, miedo y oscuridad. Aquel domingo, el país se reencontró consigo mismo: la gente salió a votar con lágrimas en los ojos, abrazando la esperanza como quien abraza a un hijo perdido. La democracia, tan frágil y tan necesaria, regresaba a ocupar el lugar que nunca debió abandonar.

Para entender la magnitud de ese día hay que volver al principio del horror. El 24 de marzo de 1976, los tanques salieron a las calles y un grupo de militares derrocó al gobierno constitucional de Isabel Perón. Detrás de los uniformes se escondía un proyecto sistemático de control, censura y exterminio. El “Proceso de Reorganización Nacional”, como lo llamaron, fue una maquinaria del terror: miles de personas fueron secuestradas, torturadas y desaparecidas en centros clandestinos a lo largo y ancho del país.

Bajo las presidencias de facto de Jorge Rafael Videla, Roberto Viola, Leopoldo Galtieri y Reynaldo Bignone, la dictadura impuso el miedo como forma de gobierno. La palabra se volvió peligrosa, la militancia un delito, la solidaridad una amenaza. El plan económico que acompañó al terror concentró la riqueza en pocas manos, destruyó la industria nacional y sembró la deuda externa que marcaría el destino económico de las décadas siguientes.

Pero incluso en los años más oscuros hubo quienes no se rindieron. En la Plaza de Mayo, un grupo de mujeres desafió al régimen con pañuelos blancos en la cabeza. Las Madres y Abuelas comenzaron a marchar, cada jueves, para exigir la aparición de sus hijos y nietos desaparecidos. Ellas fueron las primeras en entender que el silencio también mata.

El poder militar comenzó a tambalear en 1982, tras la derrota en la Guerra de Malvinas. Aquel intento desesperado de recuperar legitimidad terminó en tragedia: cientos de jóvenes murieron en una guerra desigual. La derrota abrió un abismo moral. El país empezó a hablar de lo que hasta entonces era innombrable. Las denuncias, los testimonios, las grietas en el discurso oficial fueron marcando el fin de la dictadura.

Cuando llegó el llamado a elecciones, el país era otro. Había miedo, sí, pero también una necesidad profunda de justicia y de verdad. El 30 de octubre de 1983, las urnas se llenaron de fe. Los diarios de la época contaron que la gente iba a votar vestida como para una fiesta. En los barrios, los desconocidos se saludaban con una sonrisa. Esa jornada fue un rito colectivo de reparación.

Esa noche, desde el balcón del Comité Nacional de la UCR, Raúl Ricardo Alfonsín habló ante una multitud que colmó la Plaza de Mayo. Con voz firme, dijo una frase que trascendió su tiempo: “Con la democracia se come, se cura y se educa”. No era un eslogan, era una declaración de principios. La democracia, más que un sistema político, era la posibilidad de recuperar la humanidad.

Ya en el gobierno, Alfonsín impulsó el Juicio a las Juntas Militares. En 1985, el país se sentó frente a sí mismo. Por primera vez en la historia del mundo, una nación juzgaba a sus propios dictadores en tribunales civiles. Los testimonios estremecieron al país y revelaron el alcance del horror. De ese proceso nació el informe “Nunca Más”, encabezado por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, presidida por Ernesto Sábato.

El “Nunca Más” no fue solo un libro: fue una promesa. Significó que los crímenes del Estado no quedarían impunes, que la memoria debía ser una tarea colectiva y que la democracia era el único camino posible.

A más de cuatro décadas de aquel día luminoso, el recuerdo del regreso democrático sigue siendo una brújula moral. No se trata de idealizar el pasado, sino de entender su peso. La democracia, con sus fallas y sus deudas, sigue siendo la mejor herencia de una generación que eligió el voto en lugar del miedo.

Hoy, cada vez que una urna se abre, cada vez que una voz puede disentir sin temor, se vuelve a escuchar el eco de aquella noche de 1983. Porque la democracia no se conquista una vez: se construye todos los días, con memoria, con justicia y con verdad.

Y porque, como dijo Alfonsín, todavía creemos que con la democracia se come, se cura y se educa.

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