Escribe Gustavo Billarruel, periodista
Con el presidente y la vicepresidenta fuera del país en misiones oficiales, la conducción provisoria del Poder Ejecutivo quedó en manos del senador Bartolomé Abdala. La escena, que empezó como un acto administrativo ordinario, terminó revelando algo más profundo que una ausencia circunstancial.
Dejó a la vista el desorden interno sobre quién conduce y cómo se ejerce el mando cuando las dos máximas autoridades no están en la Argentina. En el caso del presidente, su presencia en Noruega respondió a la ceremonia del Premio Nobel de la Paz, donde acompañó a la dirigente venezolana María Corina Machado.
El traspaso de mando provisorio se formalizó sin tensiones hacia afuera pero generó un ruido inevitable hacia adentro. No solo por lo que implica que un senador del oficialismo quede al frente del Ejecutivo, sino por las señales contradictorias que surgieron desde la propia estructura de gobierno.
Mientras Abdala asumía la responsabilidad institucional, la ausencia de un mensaje claro desde la Casa Rosada marcó un vacío que ningún documento administrativo puede resolver por sí solo.
La distancia entre Javier Milei y Victoria Villarruel, cada vez más notoria, también atravesó la lectura política del episodio. La falta de coordinación entre ambos, sumada a la decisión de viajar en simultáneo, dejó expuesto un desacople que ya venía asomando en otras decisiones.
Esta vez quedó amplificado por el peso simbólico de la conducción del país, incluso por un período breve.
Lo que ocurrió no es un problema de protocolo, sino de conducción. La institucionalidad siempre permite soluciones de continuidad, pero necesita algo más que trámites para sostener confianza pública. Necesita orden político, previsibilidad y una comunicación que acompañe cada acto del poder ejecutivo. Nada de eso estuvo a la altura del momento.
En un gobierno que solicita esfuerzo y compromiso a la sociedad, la coherencia interna se vuelve indispensable. La ciudadanía observa con atención cada gesto y espera que quienes toman decisiones estratégicas no solo administren, sino que proyecten seguridad.
Cuando esa seguridad se resquebraja, aunque sea en detalles que parecen menores, la política deja de mostrar fortaleza y empieza a exhibir fragilidad.
El episodio deja una enseñanza clara. No se trata de ausencias, sino de coordinación. No de trámites, sino de conducción. No de nombres aislados, sino de cómo se ordena el ejercicio del poder en un momento delicado para el país. La gestión puede tener matices, pero la gobernabilidad requiere una dirección nítida. Esta vez, esa dirección no apareció.

