Escribe: Gustavo Billarruel
Hay un dato que debería estremecer a cualquier sociedad que se pretenda justa: en Argentina, seis de cada diez trabajadores asalariados saltean comidas o comen peor por motivos económicos.
No se trata de personas desempleadas ni de sectores completamente marginados. Se trata de trabajadores: personas que cumplen jornadas laborales, sostienen rutinas y responsabilidades y aun así deben recortar algo tan elemental como la comida.
En otras palabras, el salario dejó de garantizar lo más básico de la vida cotidiana.
Cuando el trabajo ya no alcanza para asegurar el plato en la mesa, no entra en crisis solamente la economía. Se resquebraja algo más profundo: el pacto social que durante décadas organizó buena parte de la vida argentina.
Durante mucho tiempo el esfuerzo tuvo una recompensa mínima reconocible. Trabajar significaba, al menos, poder sostener un hogar, alimentar a los hijos y proyectar un futuro posible. Ese principio hoy parece erosionarse frente a una realidad que se vuelve cada vez más áspera para millones de personas.
La pregunta que surge es inevitable: ¿cómo puede suceder que en un país capaz de producir alimentos para gran parte del mundo haya trabajadores que deban elegir entre comer o pagar otras cuentas?
Mientras tanto, desde el poder político se insiste en discursos de sacrificio necesario y promesas de recuperación económica. El rumbo se defiende como parte de una transformación estructural que exige esfuerzos en el presente para alcanzar estabilidad en el futuro.
Pero en la vida cotidiana el ajuste tiene un rostro concreto. Muchas veces empieza por el estómago. El hambre no aparece en gráficos ni en debates técnicos. El hambre se vive en la mesa vacía.
Se vive cuando un trabajador decide no almorzar para que el sueldo alcance hasta fin de mes. Se vive cuando una familia reorganiza su alimentación para estirar lo poco que queda.
Se vive cuando los padres priorizan que coman los chicos. Y allí aparece una dimensión todavía más delicada: la infancia.
Cuando la alimentación se vuelve un problema dentro de los hogares, los niños quedan expuestos a una fragilidad silenciosa. El desarrollo, la salud y las oportunidades futuras dependen en gran medida de algo tan simple y tan esencial como una comida adecuada.
Sin embargo, muchas veces el debate público parece discurrir por otros carriles.
En los últimos días una controversia política volvió a ocupar el centro de la escena. La discusión se desató alrededor del vocero presidencial Manuel Adorni, luego de que trascendiera un viaje oficial realizado junto a su esposa.
La polémica no pasó desapercibida porque el propio funcionario había cuestionado en otras oportunidades ese tipo de prácticas dentro del Estado.
En medio de ese intercambio reapareció una frase que suele repetirse con frecuencia en el discurso político: la idea de que los argentinos “se rompen el lomo trabajando”.
La expresión remite a una imagen poderosa, casi fundacional de la cultura del trabajo. Pero en el contexto actual adquiere un significado más crudo.
Para millones de personas romperse el lomo trabajando implica levantarse temprano, cumplir largas jornadas y aun así tener que hacer cuentas frente a la heladera.
Implica decidir qué gasto puede esperar y cuál resulta impostergable. Implica ajustar la vida cotidiana para que el dinero alcance, aunque cada vez alcance menos.
La política, en cambio, suele moverse en una dimensión distinta, atravesada por disputas discursivas, polémicas circunstanciales y gestos que muchas veces quedan lejos de esa experiencia cotidiana.
Por eso los datos sociales resultan tan incómodos. Porque obligan a mirar de frente una realidad que no siempre aparece en los discursos.
Si el trabajo deja de garantizar algo tan básico como la comida, entonces el problema supera cualquier coyuntura económica. Se vuelve una cuestión social, moral y profundamente humana.
Se pueden discutir modelos económicos, déficits fiscales, reformas estructurales o el tamaño del Estado. Todo forma parte del debate democrático.
Pero hay un límite que ninguna sociedad debería naturalizar: que quienes trabajan tengan dificultades para alimentarse.
Porque la dignidad empieza, siempre, por el plato de comida.
Y cuando ese plato comienza a vaciarse incluso en los hogares de quienes sostienen su vida a través del trabajo, la discusión sobre el rumbo del país deja de ser abstracta. Se vuelve urgente, concreta y profundamente humana.
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