Escribe: Gustavo Billarruel
Cuando la costumbre se vuelve refugio y prisión, la pregunta por la responsabilidad individual se vuelve inevitable. Romper el molde no es rebeldía gratuita; es un modo de volver a uno mismo.
La rutina tiene una habilidad silenciosa para adueñarse de las personas. No lo hace de un día para el otro. Tampoco golpea la puerta. Se acomoda. Se instala. Te convence de que lo conocido alcanza, de que lo seguro ya es suficiente, aunque adentro algo diga lo contrario.
A veces esa repetición no es estabilidad, sino una forma elegante de evitar el riesgo. Y evitar también es decidir, aunque no siempre lo asumamos.
La mente se aferra a lo previsible porque allí no hay sobresaltos. Nos repetimos que todo está bien como está, que no hace falta alterar nada. Sin embargo, no siempre es serenidad lo que defendemos.
Muchas veces es miedo disfrazado de orden. Reconocerlo incomoda porque nos enfrenta con una pregunta más profunda: cuánto de lo que hacemos responde a una elección consciente y cuánto es simple continuidad por inercia.
Quedarse quieto también desgasta. Lo hace en silencio, como si ese cansancio formara parte natural del paisaje. Pero llega un momento en que la quietud deja de proteger y empieza a pesar. Ese punto de inflexión, aunque molesto, suele ser el inicio de algo más honesto.
Cambiar no implica destruir lo que se quiere. Implica cuidarlo mejor. Implica impedir que las exigencias externas, los automatismos o la presión social definan sin discusión la manera de vivir.
No somos estructuras rígidas. Somos contradicción, impulso, emoción, pensamiento. Reímos, lloramos, dudamos, abrazamos. Intentamos encajar, pero incluso en ese intento se filtra lo que somos de verdad.
Lo distinto no debería asustar, porque forma parte de nuestra naturaleza. Los moldes existen, sí, pero no fueron creados para aprisionar, sino para ser revisados. Cuestionarlos no es atacar a nadie; es asumir la responsabilidad de no traicionarse.
El impulso de cambio no siempre nace del entusiasmo. A veces surge del hartazgo. De esa tensión interna que advierte que algo ya no encaja.
Escuchar esa señal exige coraje, porque implica aceptar que la comodidad también puede ser una forma de renuncia. Y nadie puede vivir plenamente si renuncia, de manera permanente, a lo que sabe que es.
Romper la rutina no es una obligación moral ni una consigna vacía. Es una oportunidad consciente. Una forma de recuperar el movimiento propio, de elegir el paso en lugar de repetirlo.
Cada gesto que interrumpe lo automático devuelve algo esencial: la capacidad de decidir. Porque la vida no se sostiene en la repetición mecánica, sino en la libertad de asumir, una y otra vez, quién se quiere ser.
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