El Mensajero
Opinión

Cuando la memoria incomoda al poder

Ayer no fue un día más.
Y no debería serlo nunca.

El 24 de marzo volvió a convocar a miles en todo el país. Volvió a poner en primer plano la memoria, el dolor, la historia que sigue latiendo. Pero también dejó algo más: una sensación incómoda, persistente, difícil de ignorar.

En medio de una jornada que históricamente ha sido de reflexión y reafirmación colectiva, el gobierno nacional eligió difundir un mensaje que reabre una discusión que la sociedad argentina ya había saldado. Lo hizo a través de un video oficial, bajo una idea que remite a lo mismo: la llamada “memoria completa”, una forma de reinstalar la teoría de los dos demonios.
No es un detalle menor.
Es una señal.

Porque equiparar el terrorismo de Estado con la violencia de organizaciones armadas no es revisar la historia. Es distorsionarla. No hubo dos fuerzas equivalentes. Hubo un Estado que utilizó todo su aparato para secuestrar, torturar, desaparecer personas y apropiarse de niños.
Eso no admite equivalencias.
Eso no puede relativizarse.
Sin embargo, el mensaje insiste.
Insiste en cuestionar la cifra de los 30.000 desaparecidos.
Insiste en sembrar dudas donde hay pruebas, testimonios y condenas.
Insiste en provocar.
Y esa insistencia no es inocente.

Ayer, mientras en las calles se repetía una consigna que atraviesa generaciones, desde el poder se eligió tensar un consenso básico. Uno de esos acuerdos que no surgieron de un relato impuesto, sino de décadas de lucha, de dolor acumulado y de una decisión colectiva: no volver a atravesar el horror.

Por eso no se trata solo de un video.
Es un gesto político.
Es una forma de pararse frente a la historia.
Cuando se discute el número, no se está buscando precisión. Se está intentando erosionar lo que ese número representa. Porque los 30.000 no son solo una cifra.

Son el símbolo de una tragedia y de una memoria que permitió a la Argentina construir un camino singular en materia de derechos humanos.
Negar, relativizar o burlarse de eso no es un acto neutral.

Es una forma de violencia.

Y duele más porque no es nuevo. Es una discusión que el país ya atravesó, que resolvió en los tribunales, en las calles y en la voz persistente de quienes nunca dejaron de buscar.
Por eso lo que ocurrió ayer no puede pasarse por alto.
No es una provocación aislada.

Es una más.
Una más en una serie de gestos que buscan correr los límites de lo aceptable, poner en duda lo que parecía indiscutible.
Pero hay límites que no deberían correrse.
El terrorismo de Estado es uno de ellos.
Porque cuando el poder banaliza el horror, lo que está en juego no es solo el pasado. Es el presente. Es la calidad de la democracia. Es el tipo de sociedad que se construye hacia adelante.
Esto no es historia cerrada.
Es memoria activa.
Es una advertencia.

No se trata de imponer una mirada única.
Se trata de respetar hechos comprobados.
No se trata de evitar el debate.
Se trata de no justificar lo injustificable.
Porque cuando todo se relativiza, nada tiene peso.
Y cuando nada tiene peso, el peligro vuelve a aparecer.
Ayer fue memoria.
Hoy es responsabilidad.

Por eso, frente a cada intento de distorsión, la respuesta no puede ser el silencio. Tiene que ser la memoria: la de los que faltan, la de los que sobrevivieron, la de un país que decidió no olvidar.
No es pasado.
Es presente.
Es futuro.

Por eso, incluso un día después, sigue siendo necesario decirlo sin matices:
Son 30.000.
Fue terrorismo de Estado.
Nunca Más.

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