Por Gustavo Billarruel
Hay resultados electorales que se explican contando votos y hay otros que necesitan algo más. La victoria de Luiz Inácio Lula Da Silva en Brasil es de estos últimos.
Porque no estamos hablando solamente de un presidente que consiguió renovar su mandato. Estamos hablando de un dirigente que volvió a enfrentar a la ultraderecha, que logró derrotarla en las urnas y que, con ese resultado, le puso un freno a un proyecto político que pretendía avanzar sobre derechos sociales, debilitar al Estado y profundizar la subordinación de Brasil a los intereses de los grandes poderes económicos.
El domingo 25 de octubre, en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, Lula obtuvo el 51,79 % de los votos válidos, frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro. Fueron más de 64,2 millones de brasileños los que acompañaron su candidatura, frente a los 59,8 millones que eligieron a su adversario. No fue una diferencia abrumadora, y tampoco podemos desconocer que casi la mitad del electorado eligió otra opción.
Pero hay algo que no podemos dejar de mirar: después de haber quedado detrás en la primera vuelta, Lula consiguió dar vuelta el resultado y alcanzar un cuarto mandato presidencial.
Con 81 años, el dirigente del Partido de los Trabajadores volvió a demostrar que la política no se construye solamente desde las redes sociales, los discursos de odio o las operaciones de campaña. También se construye caminando, escuchando y hablando con la gente.
Y acá aparece una cuestión que me parece central. ¿Qué estaba en juego en Brasil? No era simplemente la continuidad de un gobierno. Se discutían dos maneras muy diferentes de entender el país y el papel que debe cumplir el Estado. De un lado, un proyecto que reivindica el mercado como ordenador de la sociedad, que pone en cuestión las políticas públicas y que representa los intereses de sectores concentrados del poder económico.
Del otro, una experiencia política que, con sus contradicciones y dificultades, sostiene que la salud, la educación, el trabajo y los derechos sociales no pueden quedar librados a la capacidad de pago de cada persona. Esa diferencia no es menor. Porque cuando hablamos de neoliberalismo no hablamos solamente de números, de déficit fiscal o de indicadores económicos. Hablamos de vidas, de oportunidades y de quién termina pagando el costo de un modelo económico.
La derrota de Flávio Bolsonaro también representa un revés político para Donald Trump y para quienes pretenden convertir a América Latina en un territorio subordinado a sus intereses. No es una cuestión menor. Durante la campaña, Lula denunció la interferencia de plataformas digitales extranjeras y cuestionó el poder de las grandes corporaciones tecnológicas para condicionar la discusión democrática. Después de conocerse el resultado, volvió a defender la soberanía brasileña con una definición contundente: Brasil no acepta ser el patio trasero de nadie. Y yo creo que esa frase tiene un valor que va mucho más allá de una consigna electoral.
¿Desde cuándo nuestros pueblos tienen que pedir permiso para decidir su propio destino? ¿Por qué nuestras riquezas, nuestros recursos naturales y nuestras decisiones políticas deberían estar al servicio de las potencias económicas? La soberanía también consiste en poder elegir un camino propio, sin imposiciones ni tutelajes.
Hay una historia detrás de esta discusión que no podemos olvidar. América Latina conoce demasiado bien las consecuencias de la dependencia económica, de la explotación de sus recursos y de las intervenciones externas. Eduardo Galeano lo contó con una profundidad extraordinaria en Las venas abiertas de América Latina.
Durante siglos, nuestro continente produjo riquezas que terminaron alimentando el desarrollo de otras economías, mientras millones de personas quedaron del lado de la pobreza y la desigualdad. Cambiaron los tiempos, cambiaron los mecanismos y aparecieron nuevas formas de dominación, pero el problema sigue vigente.
El capitalismo concentrado no necesita siempre ocupar territorios para imponer condiciones: muchas veces le alcanza con controlar mercados, recursos, tecnología y decisiones estratégicas. Por eso, cuando Lula habla de autonomía, de desarrollo propio y de un Brasil que quiere ocupar un lugar en las decisiones internacionales, está poniendo sobre la mesa una discusión que nos atraviesa a todos.
También hay que mirar qué propone Lula para los próximos años. En su discurso después de la victoria, defendió la continuidad del Sistema Único de Salud, la educación pública, las políticas de cuidado para las personas mayores y una mayor participación de la sociedad en las decisiones del Gobierno.
Habló de ampliar la educación de jornada completa, fortalecer los programas de ayuda para que los jóvenes puedan estudiar y desarrollar una inteligencia artificial brasileña, sin depender exclusivamente de las potencias tecnológicas. Son definiciones importantes porque muestran que el desarrollo no puede reducirse a cuánto gana una empresa o cuánto crece una economía. Un país también se mide por las posibilidades que ofrece a sus trabajadores, por la educación de sus jóvenes, por la atención que reciben sus mayores y por las condiciones de vida de quienes históricamente quedaron relegados.
No quiero decir con esto que la victoria de Lula haya resuelto los problemas de Brasil ni que América Latina haya cambiado de rumbo de un día para otro. Sería desconocer la realidad. El bolsonarismo conserva una fuerza electoral enorme, la sociedad brasileña está profundamente dividida y el próximo gobierno tendrá que enfrentar un Congreso con una fuerte presencia conservadora.
Pero tampoco hay que minimizar lo que acaba de suceder. En un escenario internacional donde la ultraderecha avanza, donde se cuestionan derechos conquistados y donde el discurso del mercado pretende imponerse por encima de cualquier necesidad social, que Lula haya conseguido renovar su mandato tiene una importancia política enorme.
Y hay algo más que me interesa destacar. Los pueblos no siempre eligen entre lo que desean y lo que necesitan; muchas veces eligen entre proyectos que representan intereses muy diferentes. Por eso, cada elección tiene una historia detrás y consecuencias que van mucho más allá de las urnas. La victoria de Lula es un freno para la ultraderecha, un revés para los planes de expansión política de Trump en la región y una señal de que todavía hay millones de personas dispuestas a defender otra idea de sociedad.
No alcanza con celebrar un triunfo electoral. El desafío es demostrar que la política puede mejorar la vida de la gente, que el Estado tiene una responsabilidad que no puede abandonar y que el desarrollo no tiene sentido si deja a las mayorías afuera.
Brasil habló y eligió. Y su decisión nos deja una pregunta que también deberíamos hacernos desde esta parte del continente: ¿qué América Latina queremos construir? Una región que acepte que otros decidan por nosotros, que entregue sus recursos y que convierta los derechos en mercancías, o una región capaz de defender su soberanía, fortalecer sus democracias y poner a las personas por delante de los intereses de unos pocos.
Lula ganó una elección, pero lo que está en discusión es mucho más profundo. Porque cuando un pueblo defiende su derecho a decidir, también está defendiendo su dignidad.
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