El Mensajero
Opinión

Cuando la guerra se disfraza de paz

Escribe: Gustavo Billarruel

Hay momentos de la historia en los que el mundo parece avanzar hacia una paradoja inquietante: mientras se habla cada vez más de paz, se multiplican las guerras. El lenguaje político se llena de palabras nobles —democracia, libertad, seguridad, civilización— pero detrás de ese vocabulario solemne se despliega, una vez más, la vieja lógica del poder.

La guerra rara vez se presenta como lo que es. Ningún gobierno declara abiertamente que mata para dominar, para expandirse o para preservar intereses económicos. La guerra siempre llega envuelta en discursos moralizantes. Se mata en nombre de la paz.

Se bombardea en nombre de la democracia. Se invade en nombre de la libertad. Las palabras funcionan como un velo que intenta ocultar una realidad mucho más cruda.

El escritor uruguayo Eduardo Galeano lo expresó con una lucidez incómoda: ninguna guerra tiene la honestidad de confesar sus verdaderos motivos. Siempre invoca causas nobles. Y cuando el relato oficial necesita reforzarse, aparecen los grandes aparatos de comunicación capaces de amplificar temores, exagerar amenazas o construir enemigos que justifiquen la maquinaria bélica.

En ese escenario, el expansionismo vuelve a aparecer como una sombra que recorre el mapa global. Muchas veces creemos que esas disputas pertenecen a geografías lejanas, a conflictos que parecen ajenos a nuestra vida cotidiana. Sin embargo, cada nuevo frente de guerra demuestra que el planeta se ha vuelto demasiado pequeño para creer que la violencia internacional no termina afectando a todos.

Las alianzas militares, las zonas de influencia y los bloques de poder vuelven a ocupar el centro de la escena. La guerra ya no es solamente una confrontación entre países; es también una disputa por recursos estratégicos, por mercados, por territorios y por hegemonía política.

En ese tablero, las decisiones de unas pocas potencias terminan afectando a millones de personas que jamás participaron en esas determinaciones.

Uno de los aspectos más inquietantes de esta realidad es la contradicción estructural que atraviesa al sistema internacional. Dentro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se encuentran cinco potencias con poder de veto, responsables de garantizar la paz global. Sin embargo, esos mismos países figuran entre los mayores productores y exportadores de armamento del planeta.

La pregunta surge casi de manera inevitable: ¿hasta cuándo la paz del mundo estará en manos de quienes hacen del conflicto un negocio?

La industria armamentística se ha convertido en uno de los sectores económicos más poderosos del planeta. Cada guerra abre mercados, acelera presupuestos militares y justifica nuevas inversiones en tecnología bélica. Mientras tanto, el discurso oficial insiste en hablar de seguridad, estabilidad o defensa de valores universales.

El problema no es solamente militar. También es cultural y mediático. Cuando la lógica del conflicto se vuelve permanente, la opinión pública termina acostumbrándose a convivir con la idea de que la guerra es inevitable, casi natural. Poco a poco se instala una visión fatalista del mundo: la de una humanidad condenada al enfrentamiento perpetuo.

Pero aceptar ese destino sería renunciar a una pregunta fundamental: ¿realmente estamos destinados al exterminio mutuo?

La historia demuestra que los grandes conflictos no estallan de un día para el otro. Se construyen lentamente a través de discursos, tensiones acumuladas, intereses económicos y narrativas que dividen al mundo entre buenos y malos.

En ese proceso, la política internacional corre el riesgo de transformarse en una dramaturgia donde las víctimas terminan siendo presentadas como culpables y los responsables de la violencia se arrogan el papel de salvadores.

La guerra, entonces, deja de ser un hecho excepcional y se convierte en una herramienta de poder.

En este contexto, el silencio internacional también merece ser interrogado. No siempre callar significa neutralidad. Muchas veces el silencio refleja dependencia económica, alineamientos estratégicos o simple temor a cuestionar a las potencias dominantes.

El resultado es un escenario global donde la crítica se vuelve incómoda y donde la obediencia suele disfrazarse de prudencia diplomática.

Mientras tanto, los conflictos siguen multiplicándose en distintos puntos del planeta. Las tensiones entre potencias, la expansión de alianzas militares como la OTAN, la guerra en Ucrania, el drama humanitario en Gaza y otros escenarios de violencia muestran que el mundo parece avanzar hacia una nueva etapa de tensión permanente.

Frente a este panorama, la reflexión resulta inevitable. ¿Hasta cuándo seguiremos aceptando que el lenguaje de la guerra se disfrace de moralidad? ¿Hasta cuándo las decisiones que determinan la vida y la muerte de millones de personas seguirán concentradas en un pequeño grupo de actores globales? ¿Hasta cuándo la humanidad seguirá creyendo que la violencia es una herramienta legítima para ordenar el mundo?

Preguntas incómodas, sí. Pero necesarias.

Porque cada vez que el planeta se acostumbra demasiado a la guerra, la paz deja de ser un proyecto colectivo y se convierte apenas en una palabra repetida en discursos oficiales. Y cuando eso ocurre, la humanidad corre el riesgo de olvidar que la historia también puede escribirse de otra manera.

 

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