El Mensajero
Opinión

Diego, el que no se callaba

Escriben: Gustavo Billarruel – Luis Cecchini

A veces me pregunto qué diría Diego si estuviera hoy entre nosotros. Qué pensaría de este presente tan confuso, tan cargado de discursos vacíos y de gestos tibios. Porque Diego no era de esos. No sabía lo que era callarse cuando algo le dolía, ni disimular cuando algo le parecía injusto. Era fuego puro, y eso, en estos tiempos, se extraña demasiado.

Muchos lo recuerdan con la pelota, con ese talento que no se puede explicar, solo sentir. Yo también. Yo también lloré, grité, me abracé con desconocidos cada vez que ese zurdo hacía magia. Con una pelota bastaba para ser felices, aunque fuera un rato. Pero hoy quiero hablar de otro Diego, del que se paraba frente a un micrófono y no medía las palabras. Del que defendía a los jubilados, al laburante, al que la peleaba sin cámaras ni sponsors. Ese que decía: “El mío ese no es sacrificio, sacrificio es levantarte a las cuatro de la mañana para llevar el pan a tu casa”. Esa frase todavía me retumba. Lo decía con la misma fuerza con la que gambeteaba rivales.

Diego se definía humano. “Yo me equivoqué y pago”, decía. No buscaba ser ejemplo, pero terminó siéndolo, quizás por eso mismo: porque no fingía. En un país donde muchos eligen el silencio, él prefería jugarse. No toleraba la tibieza. Si algo no le gustaba, lo decía. Si algo lo conmovía, lo mostraba. No era perfecto, pero era de verdad. Y eso, en un tiempo donde sobran máscaras y faltan convicciones, vale oro.

A veces pienso que su voz hoy nos haría falta. No para que nos diga qué hacer, sino para recordarnos quiénes somos. Porque cuando hablaba, lo hacía desde un lugar que no se compra: el de la calle, el del pueblo. Era el tipo que se abrazaba con Fidel, que le gritaba al poder sin miedo, que se ponía la camiseta de los que menos tienen. Y aún así, el mundo entero lo amaba, aunque lo hayan dejado solo al final. Eso duele, y mucho. Pero esa soledad de los grandes quizás también explica por qué su figura crece cada día más.

Ahora, mientras en la Universidad de Buenos Aires se desarrolla un congreso para pensar su figura, para analizar ese universo inabarcable que fue Diego, no puedo evitar emocionarme. Mirá hasta dónde llegaste, Diego. De Fiorito a la UBA. De la tierra al cielo. De la pelota a la historia. Te estudian, te analizan, te celebran. Y yo, como tantos, sigo hablando de vos con los amigos, con la familia, con los que te lloramos como a uno de los nuestros.

Ojalá pudieras ver lo que generás todavía. O tal vez lo sabés, porque esas cosas las sienten los que fueron únicos. Yo no sé si los genios mueren. Lo que sí sé es que cada vez que un pibe patea una pelota, cada vez que alguien se planta frente a una injusticia sin agachar la cabeza, ahí está tu huella. Ahí sigue tu voz, la de un tipo que nunca fue tibio. Que nunca dejó de ser pueblo.

Gracias, Diego, por habernos enseñado que se puede ganar sin dejar de ser humano. Y que, aunque nos duela, hay que seguir jugando, incluso cuando el partido parece perdido.

Hoy, en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, se desarrolla el Congreso Internacional “Aproximaciones a un universo inabarcable”, dedicado a reflexionar sobre tu figura. Tres días de charlas, debates, libros y miradas que cruzan el deporte, la historia, la comunicación y la cultura popular. Es la academia intentando descifrar lo que el pueblo sintió desde siempre: que lo tuyo fue mucho más que fútbol. Fue identidad, coraje y corazón.
Y ahí, en cada palabra, en cada memoria, en cada voz que te evoca, seguimos estando nosotros. Los que todavía te decimos gracias, Diego.

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