Escribe: Gustavo Billarruel
Hay una palabra que empieza a repetirse cada vez más en la conversación cotidiana de la Argentina: cansancio. No es solamente una sensación física ni el agotamiento que llega al final de la jornada laboral.
Es algo más profundo, una especie de clima social que atraviesa la vida diaria y que muchos argentinos empiezan a reconocer en sí mismos y en quienes los rodean.
Estar cansado hoy en la Argentina significa muchas cosas al mismo tiempo: una mente saturada de preocupaciones, un cuerpo agotado por el esfuerzo cotidiano y una incertidumbre persistente que parece instalarse en cada jornada.
Como si la vida diaria se hubiera convertido en un ring donde se pelea sin saber bien cuándo va a sonar la campana.
Esta semana una escena concreta volvió a poner en evidencia ese desgaste. El aumento del combustible impactó nuevamente en el transporte y muchas empresas comenzaron a advertir que el sistema ya no resiste más presión.
Para millones de personas no se trata de una discusión técnica ni macroeconómica: es salir de casa para ir a trabajar sin saber con certeza a qué hora se llega ni cuándo se vuelve.
Ahí aparece el verdadero rostro del cansancio social. No en los grandes debates económicos, sino en la vida cotidiana: en el trabajador que combina varios colectivos para llegar a su empleo, en la madre que calcula cada gasto del día, en el jubilado que vuelve a mirar el precio de los medicamentos con preocupación.
Durante años la Argentina discutió grandes temas estructurales como la deuda, la inflación, los modelos económicos o la distribución del ingreso. Pero mientras esas discusiones continúan, en la vida diaria se acumula otra sensación: la de un sacrificio permanente que siempre se explica en nombre de un futuro que nunca termina de llegar.
Y entonces aparece una pregunta inevitable: qué sector de la Argentina está realmente mejor. La educación atraviesa dificultades, las universidades enfrentan tensiones presupuestarias, el sistema de salud soporta cada vez más demanda en hospitales públicos, los jubilados miran con preocupación el funcionamiento del PAMI y el precio de los medicamentos, mientras muchas familias que conviven con situaciones de discapacidad observan cómo también se discuten las prestaciones que necesitan.
En ese contexto el cansancio social se vuelve comprensible. No es apatía ni resignación, sino una mezcla de agotamiento y frustración que crece cuando sostener la vida cotidiana se vuelve cada vez más difícil.
La democracia argentina nació con una promesa poderosa que expresó Raúl Alfonsín: con la democracia se come, se cura y se educa, una definición que colocaba a los derechos y al bienestar de la sociedad en el centro del sistema político.
Por eso la discusión vuelve siempre al mismo punto. La democracia no es solamente votar cada algunos años, también es la capacidad del Estado y de la política para mejorar la vida de las personas. Cuando una sociedad empieza a sentirse arrinconada, como un boxeador contra las cuerdas, surge inevitablemente la pregunta sobre el rumbo.
Tal vez la salida no esté en abandonar la pelea, sino en volver a discutir con seriedad cómo lograr que la democracia vuelva a parecer, otra vez, una esperanza y no solamente una resistencia.
Súmate a nuestro canal de WhatsApp
https://whatsapp.com/channel/0029VaHmbGaLI8YVRZZgwU1i

