El Mensajero
Opinión

Epstein: el poder, el silencio y el espejo que nadie quiere mirar

Escribe: Gustavo Billarruel

Los documentos desclasificados sobre el caso Jeffrey Epstein vuelven a sacudir una historia que nunca fue solamente judicial, sino también política y moral. Correos electrónicos, registros de visitas, nombres conocidos.

Desde Donald Trump hasta empresarios y aristócratas, y ahora el vínculo documentado entre Woody Allen y el financista, con gestiones que habrían facilitado un ingreso a la Casa Blanca durante la presidencia de Barack Obama.

Nada de esto prueba delitos nuevos, pero sí vuelve a exponer algo más inquietante: la cercanía persistente entre el poder y la impunidad.

Epstein no fue un personaje marginal. Se movió con naturalidad entre presidentes, magnates, académicos y celebridades.

La pregunta que reaparece no es solo quién sabía qué, sino por qué durante tanto tiempo nadie pareció dispuesto a mirar de frente. ¿Dónde se ocultaba la verdad? ¿En los pasillos alfombrados del poder, en las agendas privadas, en la comodidad de un silencio compartido?

La difusión de miles de páginas reabre un debate que en realidad nunca se cerró. No se trata únicamente de nombres propios en una lista, sino de un entramado que permitió que un financista con antecedentes graves conservara acceso a los niveles más altos de decisión.

Cuando las relaciones sociales habilitan privilegios institucionales, la frontera entre lo público y lo privado se vuelve frágil y peligrosa.

Hay algo todavía más perturbador. La perversidad no siempre se presenta con estridencia; a veces viste traje, sonríe en cócteles y gestiona reuniones oficiales.

La atrocidad no siempre llega desde los márgenes: puede instalarse en el corazón mismo del prestigio. Eso es lo que más descoloca a una sociedad que necesita creer que el mal habita lejos, nunca en las fotos oficiales.

Que los documentos aclaren que la mención de figuras públicas no implica responsabilidad penal es correcto en términos jurídicos. Pero en el plano político y ético resulta insuficiente.

La responsabilidad pública exige algo más que la ausencia de condena: demanda transparencia, distancia frente a personajes cuestionados y, sobre todo, centralidad para las víctimas, que suelen desaparecer cuando la atención se concentra en los nombres ilustres.

El caso Epstein vuelve como un espejo incómodo. Obliga a preguntarse cuánto poder es demasiado poder, cuánta cercanía es tolerable y cuántas veces el prestigio funciona como blindaje.

Tal vez el verdadero escándalo no sea solo quién aparece en los documentos, sino el sistema que permitió que todo ocurriera durante años ante la mirada —o la conveniencia— de tantos.

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