Escribe: Gustavo Billarruel
Hace unos días, el pasado 16 de septiembre, conmemoramos en Argentina el Día de la Juventud, en memoria de la trágica Noche de los Lápices. Hoy, que escribo estas líneas con mis 43 años a cuestas, no puedo dejar de pensar en lo que significa para mí, que crecí escuchando esas historias y comprendiendo, con los años, la dimensión de aquella noche oscura de nuestra historia.
Hace poco me crucé con una cita que me conmovió y me llevó a unir esos recuerdos con nuestra memoria colectiva. Se trata de George Orwell, en su obra 1984, donde afirma:
«Es difícil que las personas inteligentes elogien las dictaduras, por la sencilla razón de que cuando una dictadura se pone en marcha lo primero que liquida es a la persona inteligente.»
Esas palabras no son solo literatura: son una advertencia que cobra vida cada vez que recordamos lo que pasó en 1976. Pienso en aquellos chicos y chicas de La Plata que levantaron la voz reclamando algo tan básico como el derecho al boleto estudiantil. Eran jóvenes con sueños, con proyectos, con esa fuerza de creer que la justicia social también se construye desde lo cotidiano: poder subirse a un colectivo para ir a estudiar sin que eso fuera un privilegio.
Ese reclamo tenía historia. Fue durante el gobierno de Juan Domingo Perón que los estudiantes empezamos a conquistar derechos. Perón entendió que la educación debía ser un pilar de inclusión y movilidad social, y que los jóvenes éramos protagonistas del futuro. El boleto estudiantil no era un capricho: era una herramienta concreta para garantizar igualdad de oportunidades.
La dictadura, sin embargo, lo vio como una amenaza. No solo al derecho en sí, sino al espíritu crítico y solidario que había detrás de ese reclamo. Y entonces hizo lo que las dictaduras saben hacer: apagar voces, secuestrar cuerpos, sembrar miedo. Esos jóvenes de la Noche de los Lápices no murieron por pedir un boleto más barato: murieron porque se atrevieron a pensar, a cuestionar, a organizarse.
Por eso, cuando leo a Orwell y pienso en nuestro pasado, siento que la cita cobra vida: la inteligencia, la juventud, la rebeldía, siempre son peligrosas para quienes quieren imponer un orden de silencio.
Hoy, en democracia, la memoria de esos estudiantes nos obliga a no bajar los brazos. Defender la educación pública, la libertad de pensamiento y el derecho a organizarnos no es solo honrar a quienes ya no están: es cuidarnos a nosotros mismos, es blindar la democracia frente a los fantasmas que todavía intentan volver disfrazados de soluciones fáciles.
El 16 de septiembre recordamos a los jóvenes que nos marcaron el camino. Hoy, desde mis 43 años, lo repito con más fuerza que nunca: pensar, criticar, participar y defender nuestros derechos no es un riesgo; es la única manera de ser verdaderamente libres.

