El Mensajero
Opinión

Pascua en tiempos de un mundo herido

Escribe: Gustavo Billarruel

Las noticias que llegan desde distintos rincones del planeta vuelven a hablar de guerras, violencia e incertidumbre. En medio de ese escenario, la llegada de la Pascua invita a detenerse por un instante y mirar hacia adentro.

No es solamente una celebración religiosa: también es una oportunidad para pensar en el valor de la vida, en el significado profundo de la paz y en la necesidad urgente de reconstruir vínculos humanos que muchas veces parecen quebrarse bajo el peso de los conflictos.

Las imágenes que recorren el mundo muestran ciudades destruidas, familias desplazadas y vidas inocentes que se apagan demasiado pronto. Niños, mujeres y hombres que nada tienen que ver con las decisiones de los poderosos terminan siendo quienes pagan el precio más alto de las guerras.

Frente a ese panorama, el sufrimiento humano vuelve a recordarnos hasta qué punto la violencia y los enfrentamientos terminan dejando cicatrices profundas que atraviesan generaciones.

En medio de un mundo atravesado por conflictos, la Pascua vuelve a recordarle a la humanidad el valor profundo de la vida. En uno de sus mensajes pascuales, el papa Francisco expresó una reflexión que atraviesa este tiempo con una mezcla de realismo y esperanza: “En la Pascua del Señor, la muerte y la vida se han enfrentado en un prodigioso duelo, pero el Señor vive para siempre y nos infunde la certeza de que también nosotros estamos llamados a una vida donde ya no se oirán el estruendo de las armas ni los ecos de la muerte”.

Más allá de la fe personal de cada uno, ese mensaje conserva una dimensión profundamente humana. La Pascua habla de la posibilidad de que la vida prevalezca sobre la muerte y de que el amor tenga la última palabra frente al odio. Incluso cuando el mundo parece avanzar en sentido contrario, siempre existe la posibilidad de volver a empezar.

En la Argentina, un país acostumbrado a atravesar crisis económicas y tensiones sociales, la Pascua suele vivirse de una manera muy particular. Las familias buscan la forma de reunirse alrededor de una mesa, compartir algo simple y regalarse un momento de encuentro. Muchas veces alcanza apenas lo justo, pero aun así aparece la voluntad de abrazarse, conversar y sostener el ánimo en medio de las dificultades.

En estas horas también aparece una escena que invita a reflexionar. Mientras en algunos programas de televisión se exhiben enormes huevos de chocolate como parte del espectáculo, hay chicos que ni siquiera tendrán un pequeño pedazo para probar. No se trata de cuestionar la celebración ni la alegría de quienes pueden hacerlo, sino de recordar que detrás de esas imágenes conviven realidades muy distintas y que la Pascua también debería invitarnos a pensar en quienes quedan afuera.

Tal vez la Pascua de este tiempo nos esté planteando justamente ese desafío: recuperar la sensibilidad frente al dolor ajeno y entender que la paz no es una idea abstracta ni un simple deseo. Empieza en gestos pequeños, en decisiones cotidianas y en la capacidad de no acostumbrarnos nunca a la injusticia.

En un mundo marcado por conflictos y desigualdades, cuidar los afectos, compartir lo que se tiene y no olvidar a quienes menos poseen también puede ser una forma silenciosa de sostener la esperanza.

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